Diario de un escritor

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Recuerdo sólo que contemplaba a esos niños de pecho con una mirada particular y probablemente bastante extraña. Por absurdo que pueda parecer, se me antojaron terriblemente descarados, aunque recuerdo que esa idea me hizo sonreír para mis adentros. Y, en efecto, ahí hay un niño nacido Dios sabe dónde, al que han traído a este lugar: mirad cómo grita, chilla, deja constancia de la fuerza de sus pulmones y de que quiere vivir, agita sus manitas y sus piececitos rojos y grita, grita, como si tuviera derecho a molestaros de ese modo; busca el pecho, como si tuviera derecho a que le den el pecho y le atiendan; exige cuidados, como si tuviera exactamente los mismos derechos que los niños con familia, de suerte que las cuidadoras lo dejan todo y se abalanzan sobre él. ¡Vaya insolencia! Lo digo completamente en serio; cuando miráis a vuestro alrededor, lo queráis o no, esa idea os viene involuntariamente a la cabeza: ¿y si en verdad molestasen a alguien? ¿Y si de pronto alguien le tapara la boca: «Pero bueno, chiquillo, ¿es que te has creído que eres hijo de un príncipe?»? ¿Es que no sucederá eso más de una vez? No es una fantasía mía. A algunos los han arrojado incluso por la ventana, y en una ocasión, hará cosa de diez años, una madrastra, creo (lo he olvidado, pero sería mejor que fuera una madrastra), harta de cargar con un niño que su esposo había tenido en un matrimonio anterior, y que no paraba de gritar de dolor, se acercó a un samovar hirviente y burbujeante, puso debajo del grifo la manita del molesto niño… y lo abrió. Del caso se ocuparon en su momento todos los periódicos. ¡En un santiamén la buena señora le tapó la boca! Desconozco la pena a la que fue condenada… si es que la condenaron. ¿No es cierto que es «digna de toda indulgencia»? A veces esos niños gritan de un modo terrible y le crispan a uno los nervios; además, vivían en la pobreza, tenía que hacer la colada, ¿no es así? Por otra parte, hay madres de verdad que «tapan la boca» a sus hijos llorones, pero de un modo bastante más humano: una muchacha interesante y simpática se desliza en un rincón apartado… de pronto sufre un desvanecimiento y no puede recordar nada más; y de repente, como caído del cielo, aparece un recién nacido, exigente y llorón, que inadvertidamente cae en el agua y se ahoga. Mejor ahogarlo que ponerlo debajo del grifo del samovar, ¿no es verdad? A ésta ni siquiera se la puede juzgar: es una muchacha pobre y simpática que ha sido seducida; debería estar comiendo bombones, pero de pronto ha sufrido un desvanecimiento; además, si os acordáis de la Margarita de Fausto (y entre los miembros del jurado a veces hay gente cultísima), ¿cómo queréis que se la juzgue? No sólo es imposible, sino que debería abrirse una suscripción en su favor. Así que podemos alegrarnos de que todos estos niños hayan acabado aquí, en este edificio. Y debo reconocer que en ese momento no paraban de venirme a la cabeza pensamientos ociosos y cuestiones ridículas. Por ejemplo, me preguntaba —y sentía unas ganas enormes de averiguarlo— en qué preciso instante empezarán a comprender esos niños que son inferiores a todos, es decir, que no son niños como «los demás», sino que están muy por debajo, y que, si se les permite vivir, no es porque tengan derecho, sino, en cierto modo, por un sentimiento de humanidad. Es imposible determinar algo así sin una gran experiencia y una prolongada observación de los niños, pero, en cualquier caso, yo he llegado a convencerme a priori de que se dan cuenta de esa «humanidad» muy pronto, tan pronto que apenas puede uno creerlo. En realidad, si los niños se desarrollaran siguiendo los manuales de enseñanza y los juegos educativos y obtuvieran su conocimiento del mundo a partir de cuestiones como: «¿Por qué tienen plumas los patos?», creo que nunca alcanzarían esa asombrosa e increíble profundidad de comprensión con la que asimilan, por medios absolutamente desconocidos, ciertas nociones que en principio parecerían totalmente inaccesibles a su inteligencia. Un niño de cinco o seis años sabe a veces, sobre Dios o sobre el bien y el mal, cosas tan sorprendentes y de una profundidad tan inesperada que es imposible no llegar a la conclusión de que la naturaleza ha dotado a ese niño de otros medios de adquisición del conocimiento, medios que no sólo nos son desconocidos, sino que deberíamos casi rechazar en nombre de la pedagogía. Ah, es evidente que no se ha formado una idea clara de Dios y que, si un abogado sutil interrogara a un niño de seis años sobre su concepción del bien y del mal, se reiría a carcajadas. Pero si sois un poco más pacientes y ponéis un poco más de atención (ya que el asunto lo merece), si pasáis por alto la ignorancia de ciertos hechos, admitís algunos absurdos y os quedáis sólo con la esencia de su comprensión, veréis de pronto que sabe de Dios quizá tantas cosas como vosotros, así como del bien y el mal, de lo que causa vergüenza y es digno de elogio; y hasta es posible que sepa mucho más que ese sutilísimo abogado que a veces se deja llevar por la precipitación, por decirlo así. Al número de esas ideas terriblemente difíciles, tan inesperadas en un niño y adquiridas no se sabe cómo, añadiría yo, en el caso de estos pequeños del Hospicio, esa noción primigenia, pero firme y que no les abandonará mientras vivan, de que son «inferiores a todos». Y estoy convencido de que no lo aprenden de las cuidadoras ni de las niñeras; además, su régimen de vida les impide ver a «esos otros» niños y, por tanto, no pueden establecer comparaciones; sin embargo, si examináis la cuestión más de cerca, veréis que saben ya un montón de cosas, que han aprendido muchísimo con una precocidad totalmente innecesaria. Claro que lo que digo no son más que especulaciones, pero en aquel momento no conseguía encauzar el curso de mis pensamientos. Por ejemplo, me vino de pronto a la cabeza el siguiente aforismo: si el destino ha privado a esos niños de familia y de la felicidad de crecer junto a un padre y a una madre (porque no todos los padres arrojan a sus hijos por la ventana o les echan encima agua hirviendo), ¿no los compensa de algún otro modo? Por ejemplo, crecen en este magnífico edificio, se les da un nombre a todos, luego instrucción, e incluso instrucción superior, pasan por la universidad y más tarde… más tarde se les busca un empleo, se les orienta en la vida; en una palabra, se les abandona lo más tarde posible; y todo eso lo hace el Estado en su conjunto, que los trata, por decirlo de algún modo, como hijos de la comunidad, como hijos propios. En verdad, cuando se perdona, hay que perdonar del todo. Y entonces me dije a mí mismo: algunos probablemente dirán que eso equivale a alentar la depravación y se ofenderán. Pero qué idea más ridícula: imaginar que todas esas simpáticas muchachas van a ponerse a traer hijos a este mundo de manera deliberada, sólo porque han oído que les darán estudios universitarios.


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