Diario de un escritor
Diario de un escritor «No —pensaba yo—, hay que perdonar, y perdonar del todo; si vamos a perdonar, que sea completamente.» Es verdad que muchas, muchÃsimas personas sentirán envidia; las personas más honradas y trabajadoras sentirán envidia: «De manera que yo —pensarán algunos— me he pasado toda la vida trabajando como un buey, no he cometido ninguna mala acción, he amado a mis hijos y he luchado toda mi vida por darles educación y convertirlos en ciudadanos, y no he sido capaz, no he sido capaz; ni siquiera he podido permitirles que terminaran el instituto. Y ahora toso, apenas puedo respirar, no llegaré a la semana que viene; y entonces, adiós a mis queridos hijos, y tengo ocho. Dejarán la escuela y empezarán a vagar por las calles o a trabajar en las fábricas de cigarrillos, y eso si tienen suerte… En cambio, esos parias acabarán la universidad y encontrarán buenas colocaciones. ¡Y encima soy yo quien, directa o indirectamente, ha contribuido a mantenerlos!».
No cabe duda de que eso es lo que se dirán algunos; y en verdad, ¿qué se les puede responder? ¿Cómo es posible que el mundo esté construido de tal modo que nunca sea posible ponerse de acuerdo en nada? Si lo piensa uno bien, ¿puede haber algo más legÃtimo y justo que ese monólogo? Y sin embargo, es sumamente ilegÃtimo e injusto. ¡Puede que sea legÃtimo e ilegÃtimo al mismo tiempo, y en eso consiste todo el embrollo!