Diario de un escritor
Diario de un escritor El otro funcionario, es decir, el segundo postulante de Ems, que aparece inevitablemente después del primero, pide para los blödige Kinder, esto es, para los niños retrasados. Hay una institución para ellos en esta ciudad. Ni que decir tiene que esa institución no sólo acoge a niños retrasados de Ems; sería inconveniente que en una localidad tan pequeña nacieran tantos idiotas. El Estado ha asignado una suma a esa institución, pero, por lo visto, hay que recurrir también a las donaciones voluntarias. Un señor distinguido o una dama magnífica se restablecen y recobran la salud gracias precisamente a estos manantiales; por tanto, si no por gratitud al lugar, al menos como recuerdo, dejan dos o tres marcos para esas pobres criaturas abandonadas y desdichadas. En esa segunda libreta las contribuciones anotadas también solían ser de uno o dos marcos; en ocasiones, muy rara vez, aparecía la suma de diez marcos. A lo largo de la temporada ese segundo funcionario había reunido hasta mil quinientos táleros: «Antes las cosas iban mejor, antes la gente daba más», añadió con amargura. En esa libreta me llamó la atención un donativo que parecía hecho con alguna intención, por decirlo así: cinco pfennigs (un kopek y medio de plata). Eso me recordó la contribución de un consejero de Estado ruso, anotada en un libro de Piatigorsk, para levantar un monumento a Lérmontov: había donado un kopek de plata y había firmado con su nombre. La noticia apareció en los periódicos hace un año, aunque sin mencionar el nombre del donante, en una actitud a mi juicio totalmente equivocada, pues él había firmado públicamente con su nombre, quizá pensando en hacerse famoso. Pero es evidente que el consejero de Estado quería dejar constancia de su fuerza intelectual, de su punto de vista, de su tendencia: protestaba contra el arte, contra la irrelevancia de la poesía en nuestro siglo de «realismo», barcos de vapor y ferrocarriles, es decir, contra todo aquello contra lo que suele protestar esa chusma liberal de tercera categoría (que en realidad repite como un loro ideas ajenas). Pero ese otro, ese donante para los blödige, ¿qué quería expresar con sus cinco pfennigs? No sé a qué tendencia adscribirlo. Los blödige Kinder son unas pobres criaturas desdichadas, desechos de las familias más pobres, ¿cómo se puede hacer bromas a su costa? «Y si dais de beber a un pobre, aunque sea un vaso de agua, se os tendrá en cuenta en el reino de los cielos.» Y ahora que lo digo: un vaso de agua en Ems seguramente no cuesta más de cinco pfennigs, de suerte que por cinco pfennigs puede uno ganar el paraíso. En tal caso, ese hombre estaba calculando el precio mínimo de admisión: «¿Por qué pagar más?». Un hijo de su siglo, en resumidas cuentas; en nuestros días, como se dice, no hay manera de engañar a nadie.