Diario de un escritor
Diario de un escritor Desde mi primera visita a Ems, hace ya tres años, y desde el primer dÃa, me ha interesado una circunstancia que sigue suscitando mi curiosidad cada vez que vuelvo. Las dos fuentes más concurridas de Ems, entre otras muchas, se llaman Krönchen y Kesselbrunnen. Encima de cada fuente se ha levantado un edificio, y las fuentes mismas están separadas del público por sendas balaustradas, detrás de las cuales hay unas señoritas —tres por cada fuente— afables, jóvenes y pulcramente vestidas. Le entregáis vuestro vaso y en seguida os lo llenan de agua. Durante las dos horas establecidas para la toma matinal, miles de pacientes se acercan a esas balaustradas; en el transcurso de esas dos horas cada uno de ellos bebe varios vasos —dos, tres, cuatro, lo que le hayan prescrito—; y lo mismo en la toma vespertina. De ese modo, cada una de esas tres muchachas llena y distribuye, en esas dos horas, una enorme cantidad de vasos. Pero es poco decir que todo eso se hace con un orden perfecto, sin precipitación, de forma tranquila y metódica, sin ningún tipo de retraso: lo más sorprendente, en mi opinión, es que cada una de esas muchachas se ocupa de su cometido con una rapidez de reflejos poco menos que sobrenatural. Basta que uno le diga, la primera vez que llega: «Aquà tiene usted mi vaso, póngame tantas onzas de Krönchen y tantas onzas de leche», para que no se equivoque ni una sola vez a lo largo de todo el mes de tratamiento. Además, se queda con vuestra cara y es capaz de distinguiros en medio de la multitud. La gente se apiña en prietas filas y tiende su vaso; ella coge seis o siete a la vez, y en poco más de un cuarto de minuto los llena todos, sin verter una sola gota ni romper nada, y le devuelve a cada uno el suyo sin equivocarse. Ella misma os lo tiende; es capaz de distinguir, entre esos miles de vasos, cuál es el vuestro y cuál el de vuestro vecino; sabe de memoria cuántas onzas de agua, cuántas onzas de leche y cuántos vasos os han prescrito. Nunca se produce el más mÃnimo error, como han confirmado mi observación atenta y mis pesquisas. Todo eso sorprende aún más si se tiene en cuenta que en el lugar se dan cita varios miles de pacientes. Es muy posible que toda esa precisión no tenga nada de extraordinario, que no haya ningún motivo de asombro, pero, en lo que a mà respecta, constituye un fenómeno casi inexplicable desde hace tres años, y no puedo dejar de contemplarlo como un inconcebible truco de magia. Por ridÃculo que sea maravillarse de todo, sigue siendo para mà un enigma totalmente irresoluble. Por lo visto, hay que concluir que esas alemanas tienen una memoria extraordinaria y una gran rapidez de reflejos; no obstante, puede que todo se reduzca a que están habituadas a ese trabajo, asimilado desde la más tierna infancia, que sólo se trate, por decirlo asÃ, de un caso de victoria sobre el trabajo. En lo que respecta al trabajo propiamente dicho, para un espectador ruso constituye también no poco motivo de asombro. Después de pasar un mes en un hotel (en realidad, no se trata de un hotel, pues aquà cada casa es un hotel, y la mayorÃa de esos hoteles, excepto algunos de gran tamaño, son simples alojamientos con servicio y pensión, según el precio convenido), estaba admirado con la criada. En el hotel en que me alojaba habÃa doce habitaciones, todas ocupadas, algunas por familias enteras. Todos llaman, todos piden, hay que atender a todo el mundo, satisfacer todas las peticiones, subir corriendo las escaleras varias veces al dÃa; y para ocuparse de todas esas labores, el hotel contaba, por toda servidumbre, con una muchacha de diecinueve años. Y por si eso fuera poco, la patrona la empleaba como chica de los recados, cuando un huésped solicitaba vino para la comida, o necesitaba algún producto de la farmacia o una prenda de la lavanderÃa, o cuando a ella misma le hacÃa falta algo en la tienda. La patrona era viuda y tenÃa tres hijos pequeños a los que era menester cuidar, atender, vestir por la mañana para ir al colegio. Cada sábado hay que fregar los suelos de toda la casa y cada dÃa limpiar las habitaciones, cambiar la ropa de cama y los manteles; y, cada vez que se va un huésped, lavar y limpiar sin falta todo el alojamiento, sin esperar al sábado. Esa muchacha se iba a dormir a las once y media de la noche, y por la mañana la patrona la despertaba con la campanilla a las cinco en punto. Todo es exactamente como lo he contado, no he exagerado nada. Añadid que recibe un sueldo más que modesto, inimaginable en San Petersburgo, y que, además, se le exige que vaya correctamente vestida. Y advertid que no da muestras de sentirse humillada u oprimida: es alegre, bien dispuesta, sana, tiene un aspecto satisfechÃsimo y actúa con una calma inalterable. No, en nuestro paÃs no se trabaja asÃ; ninguna de nuestras criadas aceptarÃa ese régimen de trabajos forzados ni por todo el oro del mundo; además, no desempeñarÃa asà sus funciones, sino que tendrÃa cientos de olvidos, derramarÃa el agua, dejarÃa de traer cosas, romperÃa algo, se equivocarÃa, se enfadarÃa, «se insolentarÃa»; mientras que aquÃ, en un mes entero, no ha habido ni un solo motivo de queja. Encuentro todo eso sorprendente y, en mi condición de ruso, no sé si alabarlo o censurarlo. No obstante, correré el riesgo de alabarlo, aunque haya muchos aspectos que susciten dudas. Aquà todos aceptan su condición y se conforman con ella, sin envidiar a nadie ni sospechar, a lo que parece, que las cosas podrÃan ser diferentes, al menos en la gran mayorÃa de los casos. Pero, de todos modos, la manera de trabajar impresiona: un trabajo consolidado, establecido a lo largo de siglos, con un método y unos procedimientos precisos, que se adquieren casi desde el dÃa mismo del nacimiento, de suerte que cada uno sabe cómo ocuparse de su tarea y la domina por completo. Aquà todo el mundo sabe cuál es su cometido, aunque es verdad que es lo único que sabe. Lo digo porque asà trabajan todos aquÃ, tanto los criados como los patrones.