Diario de un escritor
Diario de un escritor Fijaos en un funcionario alemán, en un empleado de correos, por ejemplo. Todo el mundo sabe cómo son los funcionarios rusos, sobre todo los que tienen que atender a diario al público: un tipo enfadado e irritado; y aunque a veces su irritación no se manifiesta de forma visible, está latente y uno puede percibirla mirándole a la cara. Es un personaje altanero y orgulloso, como Júpiter. Es algo que se advierte sobre todo en los chupatintas de ínfima categoría, esos que están detrás de la ventanilla, informan al público, cogen vuestro dinero y os entregan billetes y demás. Fijaos en él, está ocupado, «absorto» en su trabajo: la gente se amontona, se forma una cola, todos tienen prisa por recibir una información, una respuesta, un recibo, un billete. Pero nuestro hombre no os hace el menor caso. Por fin llega vuestro turno; le habláis, pero no os escucha ni os mira: os ha vuelto la espalda y se ha puesto a hablar con un funcionario sentado detrás de él; ha cogido un documento y parece comprobar algo, aunque os asalta la firme sospecha de que está fingiendo y de que no tiene ninguna necesidad de comprobar nada. En cualquier caso, os disponéis a esperar… pero de pronto se levanta y se va. En ese momento suena el reloj: es hora de cerrar. ¡Vayan saliendo, señores! Comparados con los alemanes, nuestros funcionarios trabajan muchas menos horas al día. Grosería, desatención, negligencia, hostilidad al público sólo por ser público y, sobre todo, un jupiterismo mezquino. Necesita demostraros a toda costa que dependéis de él: «A ver si se entera de quién soy: usted está al otro lado de la ventanilla y no puede hacerme nada, pero yo puedo hacer con usted lo que me venga en gana; como me levante la voz, llamo al guardia y lo echo de aquí». Necesita vengarse en alguien de no se sabe qué ofensa, vengarse en vosotros de su propia insignificancia. Aquí, en Ems, en la estafeta de correos, suele haber dos o como mucho tres empleados. Durante los meses de temporada (junio y julio, por ejemplo), los visitantes afluyen por millares, y ya podéis imaginaros el volumen de la correspondencia y las muchas tareas que se acumulan en la estafeta. Exceptuando un par de horas para la comida y demás, los empleados trabajan el día entero. Tienen que recoger el correo, expedirlo, atender a las miles de personas que vienen a preguntar por la poste restante o a solicitar información. Para atender a cada cliente el empleado debe rebuscar en montones enteros de cartas; escucha a cada uno, proporciona la información o la aclaración requerida, y todo ello con paciencia, amabilidad, cortesía y, al mismo tiempo, sin menoscabo alguno de su dignidad. Ese insignificante chupatintas se ha convertido en un hombre, en lugar de transformarse de hombre en chupatintas… Cuando llegué a Ems, tardé mucho tiempo en recibir una carta que esperaba con impaciencia, e iba a preguntar todos los días a la poste restante. Una mañana, al volver de tomar las aguas, me encontré la carta sobre la mesa. Acababa de llegar, y el empleado, que se acordaba de mi apellido pero no sabía dónde vivía, se había molestado en buscar mi dirección en la lista impresa con los nombres y las señas de todos los viajeros, y me la había hecho llegar por un mensajero, a pesar de que se había enviado a poste restante, y todo porque la víspera, cuando había ido a preguntar, había notado mi extrema inquietud. Decidme, ¿habría hecho lo mismo alguno de nuestros empleados?