Diario de un escritor

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No obstante, es necesario hacer justicia a su autor, que reconoce, es decir, admite reconocer, el movimiento, tanto del pueblo como de la sociedad, en favor de los eslavos; y lo reconoce incluso con bastante sinceridad. ¡Naturalmente, sería el colmo que no lo reconociera…! Pero, en cualquier caso, para un «europeísta» chapado a la antigua como nuestro autor, no es poco mérito. No obstante, se muestra como descontento de algo; por alguna razón, no le gusta el movimiento que ha surgido. Cierto que no dice abiertamente que no le guste, pero refunfuña y critica los detalles. Soy de la opinión de que Granovski[59], uno de los primeros y más puros representantes de nuestro occidentalismo teórico, que en sus tiempos escribió también de la cuestión de Oriente y del movimiento nacional —que sólo tiene algunos aspectos comunes con el actual— vinculado con la guerra de 1854-1856 (véase mi artículo sobre Granovski en el número de agosto de mi Diario); soy de la opinión, digo, de que Granovski también estaría descontento del actual movimiento nacional; naturalmente, preferiría ver a nuestro pueblo tal como era antaño, como una masa inmóvil e inerte, en vez de manifestándose en formas no del todo desarrolladas, primitivas, por decirlo de alguna manera, e inapropiadas para nuestro siglo europeo. En general, todos esos viejos teóricos del pasado amaban al pueblo (aunque no resulta fácil darse cuenta), pero lo amaban sólo en teoría, es decir, en las representaciones de sus sueños y bajo las formas en que deseaban verlo, lo que es tanto como decir que no lo amaban en absoluto. No obstante, hay que decir en su descargo que nunca conocieron al pueblo, ni juzgaron necesario conocerlo o tratarlo. No puede decirse que distorsionaran los hechos, sino sencillamente que no comprendían nada, de suerte que muchas, muchísimas veces, atribuían el oro más puro del espíritu y el pensamiento del pueblo ruso, sus sentimientos más profundos y sinceros, a vulgaridad, ignorancia y obtusa necedad. En cuanto el pueblo adoptaba aspectos y actitudes que no estaban en plena consonancia con lo que a ellos les hubiera gustado (y su ideal, en su mayor parte, era el populacho parisino), eran capaces de rechazarlo de plano. «Ante todo hay que descartar la idea de que se trata de una guerra santa —exclama Granovski en su folleto sobre la cuestión de Oriente—; en nuestros días, nadie se levantará para participar en una cruzada (no va con la época) ni se movilizará para liberar el Santo Sepulcro», etc., etc. Las mismas razones aduce el teórico de El Mensajero de Europa: tampoco a él le gustan esos principios y arremete contra ellos. Le disgusta muchísimo, por ejemplo, que nuestro pueblo y nuestra sociedad contribuyan a una causa que no es de su agrado. Le gustaría ver un criterio más ilustrado, más acorde con nuestra época, por decirlo de algún modo. Pero hemos vuelto a apartarnos de nuestro propósito.


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