Diario de un escritor
Diario de un escritor Ha hablado usted de «cuestionar». «Debemos señalar aquellos artículos aparecidos en los periódicos rusos en los que se cuestionan los sentimientos de los ciudadanos rusos que no son de nacionalidad rusa. Por desgracia, esa mala costumbre persiste aún entre nosotros; ahora bien, la naturaleza del caso que nos ocupa exige una particular prudencia en relación con todas las nacionalidades que forman la población general de Rusia.» ¿Qué costumbre es ésa? Me atrevo a asegurarle que no es más que una nota falsa del viejo liberalismo teórico, que ni siquiera sabe aplicar con sensatez una idea liberal importada de Europa. No, señor, ni usted ni yo somos quienes para enseñar al pueblo tolerancia religiosa ni para darle lecciones de libertad de conciencia. Sobre ese particular es él quien tiene algo que enseñarle a usted, así como a toda Europa. En cualquier caso, habla usted de los periódicos, de la prensa rusa. Y, dígame, ¿dónde está ese cuestionamiento? ¿Y cuál es esa costumbre tan arraigada de la que tanto se lamenta usted? ¿La costumbre de cuestionar de nuestra literatura? Pero también eso es una fantasía del liberalismo teórico que no se compadece con la realidad. Le aseguro a usted que nuestra literatura nunca ha denunciado a nadie por su fe, ni siquiera por ciertos sentimientos de patriotismo local. Y si alguna vez se han dado casos aislados, son tan raros y excepcionales que hasta avergüenza y sonroja convertirlos en regla general: «Esa costumbre persiste todavía entre nosotros». Además ¿de qué denuncia o cuestionamiento estamos hablando? Hay unos hechos de los que es imposible no hablar. No sé a qué artículos se refiere usted ni a qué comentarios alude. Recuerdo haber leído alguna información sobre los disturbios causados por el incipiente fanatismo en el Cáucaso; usted mismo acaba de definir esos disturbios como hechos irrefutables. También se dice que predicadores del fanatismo, procedentes de Turquía, han penetrado en Crimea; pero no voy a entrar a discutir si esos disturbios se han producido o no, porque no lo sé con certeza. Sólo me gustaría hacerle una pregunta: si un periódico informara de tales rumores o incluso hechos, ¿podríamos afirmar que «está cuestionando los sentimientos de la población no ortodoxa»? Supongamos que esos disturbios se hayan producido, ¿cómo vamos a silenciarlos, y mucho menos en un periódico, cuya misión consiste en informar al público de tales sucesos? Al actuar de ese modo, está previniendo de un peligro. Si nos callamos y permitimos que los acontecimientos sigan su curso, es decir, que el fanatismo gane terreno, tanto los fanáticos como los rusos que viven cerca pagarán las consecuencias. Si un periódico publicara deliberadamente informaciones falsas con intención de formular una acusación al gobierno y fomentar una persecución, entonces, naturalmente, podríamos hablar de cuestionamiento y denuncia, pero si los hechos son ciertos, ¿por qué tenemos que guardar silencio? Además, ¿quién ha perseguido en Rusia a la población no ortodoxa por su fe, por sus «sentimientos religiosos» e incluso simplemente por sus sentimientos, en la acepción más amplia del término? Al contrario, en ese sentido incluso hemos dado muestras de excesiva debilidad, a diferencia, por ejemplo, de lo que ha sucedido en los Estados más ilustrados de Europa. En lo que respecta a los sentimientos religiosos, en la actualidad casi nadie persigue a nuestros propios cismáticos, y con mayor razón a los seguidores de otras confesiones; y si en los últimos tiempos se han producido algunas persecuciones aisladas y excepcionales contra los stundistas[62], en seguida han sido condenadas en los términos más duros por toda la prensa. Por cierto, ¿no deberíamos dar la razón a esos periódicos alemanes que nos han acusado y siguen acusándonos de perseguir y martirizar a nuestros alemanes de las provincias bálticas por su fe y sus sentimientos?… Qué pena, qué pena tan grande que no cite usted ningún artículo ni invoque ningún hecho, para que supiéramos exactamente de qué cuestionamientos habla usted. Debería usted conocer y comprender el valor de las palabras y no bromear con términos como «cuestionar».