Diario de un escritor
Diario de un escritor Pero lo principal es que no le gusta a usted el concepto de «religión común». «Ayudad por otros motivos —parece decir usted—, pero no en nombre de una religión común.» Pero es que, en primer lugar, no se trata de un «motivo» artificioso, rebuscado, sino que ha surgido y se ha expresado por sí mismo, y todos lo han invocado a una sola voz. Es un motivo histórico, y esa historia sigue estando vigente. «No conviene —escribe usted— dar un carácter confesional al movimiento en favor de los eslavos, hablando a cada momento de “nuestros correligionarios”.» Pero ¿qué hacemos con la historia y con la vida viva? Convenga o no convenga darle ese carácter, el hecho se impone por sí mismo. Examine la siguiente cuestión: el turco degüella al eslavo porque éste, que es un cristiano, un raia, se atreve a demandar derechos iguales a los del turco. Que el búlgaro se convierta al islam y el turco dejará en seguida de atormentarlo; al contrario, lo reconocerá como un igual, pues así lo enseña el Corán. En consecuencia, si el búlgaro soporta tan atroces suplicios, es, sin duda, por su condición de cristiano; está tan claro como el agua. Y si es así, ¿cómo va el ruso a rehuir la «cuestión religiosa» cuando da su donativo en favor de los eslavos? ¡Ni se le pasa por la cabeza rehuirla! Además, dejando a un lado la necesidad histórica y las circunstancias presentes, el ruso no conoce ni puede imaginar nada más elevado que el cristianismo. A toda su tierra, a toda su comunidad, a toda Rusia da el nombre de cristiandad o krestianstvo[63]. Estudie en profundidad la ortodoxia: no es simplemente una práctica religiosa y un ritual, sino un sentimiento vivo que se ha convertido para nuestro pueblo en una de esas fuerzas vitales fundamentales sin las cuales una nación no puede existir. En el cristianismo ruso, en verdad, no hay ni rastro de misticismo; en él todo se reduce a amor por la humanidad y a la imagen de Cristo; al menos, eso es lo fundamental. En Europa hace ya mucho tiempo que la gente, no sin razón, mira con prevención el clericalismo y la ideología de la Iglesia, porque allí, sobre todo en algunos lugares, obstaculizan el curso de la vida viva, cualquier avance vital, y no dejan de estorbar la religión misma. Pero ¿qué parecido puede haber entre nuestra serena y pacífica ortodoxia y el clericalismo europeo, con sus tinieblas, sus prejuicios, sus conspiraciones y su crueldad? ¿Cómo no iba a estar la ortodoxia cercana al pueblo? Las aspiraciones nacionales tienen su origen en el conjunto del pueblo, no se crean en las redacciones de los periódicos: «Convengan o dejen de convenir», las cosas son como son. Más adelante escribe usted, por ejemplo: «La noble causa de la libertad ha visto a los rusos entre las filas de sus defensores. Ya desde ese punto de vista, aún más elevado que la simpatía motivada por una religión común, e incluso por la unidad de la raza, la causa de los eslavos es una causa sagrada». Tiene usted razón, es un motivo muy elevado, pero ¿qué expresa el motivo de la religión común? En este caso la religión común nos muestra al desdichado, al torturado, al crucificado, y es su opresión lo que me indigna y me subleva. Eso significa: «Ofrece tu vida por el oprimido, por aquel a quien sientes cercano; no hay proeza más alta». ¡He ahí lo que dice el motivo de la religión común! Por otro lado, me gustaría señalar —aunque sólo en términos generales— que es peligroso buscar «consignas» para las buenas obras. Si yo, por ejemplo, ayudo al eslavo porque es mi correligionario, eso no constituye ninguna consigna, sino que responde simplemente a su posición histórica en un momento dado: «Es un correligionario y por tanto un cristiano, y ésa es la razón de que lo opriman y lo torturen». Pero si digo que lo ayudo por «la noble causa de la libertad», sólo por eso estoy poniendo de relieve la razón de mi ayuda. Y si hay que buscar una razón para la ayuda, entonces los montenegrinos, por ejemplo, y los herzegovinos, que han sido los más activos en la noble lucha por la libertad, serán los más dignos de ayuda, mientras los serbios no lo serán tanto; en cuanto a los búlgaros, ni siquiera han combatido por su libertad, a no ser al principio, formando unas partidas insignificantes en las montañas. Se han limitado a aullar de dolor cuando los verdugos cortaban a sus hijos pequeños un dedo cada cinco minutos, para prolongar su suplicio a ojos de su padre y de su madre, que no se defendían siquiera; sólo eran capaces de llorar y retorcerse las manos como dementes, mientras besaban los pies de los verdugos para que pusieran fin a sus atrocidades y les devolvieran a sus pobres hijitos. Así pues, estos últimos son probablemente poco dignos de ayuda, porque no han hecho más que sufrir, sin luchar por la noble causa de la libertad, «ese bien supremo de los hombres». Supongamos que no tenga usted unas ideas tan mezquinas, pero reconozca que al aducir razones y «motivos» para amar a los semejantes casi siempre se llega a opiniones y conclusiones similares. Lo mejor es ayudar al prójimo simplemente porque es desdichado. Eso es lo que significa precisamente ayudar al correligionario: se lo repito: la palabra «correligionario» no representa ni mucho menos una consigna clerical, sino que tiene una significación histórica. Créame cuando le digo que la «religión común» ama y aprecia en gran medida la grande y noble causa de la libertad; y más aún: sabe y sabrá morir por ella siempre que sea menester. Pero por el momento no hago más que manifestarme contra una aplicación incorrecta de las ideas europeas a la realidad rusa…