Diario de un escritor
Diario de un escritor Si la hubieran absuelto, los miembros del jurado habrían tenido, al menos, una base en la que apoyarse: «Aunque esos impulsos patológicos son raros, lo cierto es que se dan. ¿Y si en el presente caso estuviéramos ante un impulso motivado por el embarazo?». Es un argumento a tener en cuenta. Al menos en ese caso todo el mundo habría comprendido las razones de la clemencia y no se habrían suscitado dudas. Poco importa que hubieran podido incurrir en un error: vale más equivocarse por exceso de clemencia que por exceso de severidad, tanto más cuanto que en este caso no hay manera de verificar nada. La acusada es la primera en considerarse culpable; confesó inmediatamente después de cometer el crimen y volvió a confesar seis meses más tarde en la vista. Así que probablemente acabará en Siberia, considerándose culpable en su conciencia y en lo más hondo de su alma; y es posible que muera arrepintiéndose en la hora final y considerándose una asesina. Y ni a ella misma ni a nadie se le ocurrirá pensar que durante el embarazo puede producirse un impulso patológico, que probablemente éste fue la causa de todo y que, si no hubiera estado embarazada, no habría sucedido nada… Sí, de los dos errores posibles es mejor elegir el de la misericordia. Uno duerme mejor después… Pero ¿qué estoy diciendo? El hombre atareado no tiene tiempo de pensar en su descanso; el hombre atareado tiene cien casos semejantes de los que ocuparse y duerme a pierna suelta cuando, exhausto, se mete en la cama. Es el hombre ocioso, que analiza dos casos semejantes a lo largo de todo un año, el que tiene tiempo para pensar. Tal vez empiece a darle vueltas al asunto, a falta de algo mejor con lo que llenar el tiempo. En una palabra, la ociosidad es la madre de todos los vicios.