Diario de un escritor

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A propósito, había una comadrona en el tribunal; y fijaos bien: al condenar a la acusada, condenaron también a su hijo, antes de venir al mundo. ¿No es cierto que resulta extraño? Supongamos que esa apreciación no sea del todo plausible, pero estaréis de acuerdo conmigo en que se parece mucho, muchísimo, a la verdad. En realidad, ¿no lo han condenado, antes de nacer, a seguir a Siberia a su madre, que debe alimentarlo? Si acompaña a su madre, se verá privado de su padre; y si se arreglan las cosas para que se quede con su padre (no sé si puede hacerse), se verá privado de su madre… En una palabra, antes incluso de venir al mundo, se ha quedado sin familia, eso en primer lugar; luego, cuando crezca, se enterará de lo que ha hecho su madre y tal vez… Sin embargo, ¿quién sabe lo que puede pasar? Más vale considerar la situación de una manera sencilla. Si actuamos de esa manera, desaparecen todas las fantasmagorías. Así es como hay que proceder en la vida. Hasta soy de la opinión de que toda esa clase de cosas, tan extraordinarias en apariencia, en realidad se producen de la manera más ordinaria y con un prosaísmo que roza lo indecoroso. Porque, en realidad, miren ustedes: ese Kornílov vuelve a quedarse viudo; es libre una vez más, porque la deportación de su mujer a Siberia lleva aparejada la anulación del matrimonio; pero es el caso que su mujer, que ya no es su mujer, va a darle un hijo dentro de unos días (porque seguramente le permitirán dar a luz antes de ponerse en camino), y mientras esté recuperándose en la enfermería de la prisión, o donde la lleven temporalmente, apuesto cualquier cosa a que Kornílov irá a verla de la forma más prosaica, e incluso, por qué no, acompañado de esa misma hijastra a la que la mujer arrojó por la ventana; se reunirán y hablarán de los asuntos más menudos y cotidianos, de una tela de mala calidad, de unos buenos zapatos y de unas botas de fieltro para el camino. Y quién sabe, puede que se sientan más unidos ahora que están separados, cuando antes no hacían más que discutir. Acaso no se dirijan ni una sola palabra de reproche y se limiten a lamentarse de su destino, llenos de compasión el uno por el otro. Y esa misma niña que fue arrojada por la ventana seguramente irá todos los días «a ver a su mamá», enviada por su padre, y le llevará dulces: «Tome, mamá. Papá le manda un poco de té y azúcar, y mañana vendrá a verla». Lo más trágico será que probablemente llorarán a lágrima viva cuando se despidan en la estación, en el último minuto, entre el segundo y el tercer tañido de la campana; también la niña aullará de dolor, con la boca abierta hasta las orejas, cuando los vea, mientras ellos seguramente se inclinarán hasta el suelo, primero él y después ella. «Perdóname, madrecita Yekaterina Prokófievna; no me guardes rencor», dirá él. «Perdóname también tú, padrecito Vasili Ivánovich (o como se llame); soy culpable ante ti, lo que he hecho no tiene perdón…», dirá ella. Y a todo ello se unirá el llanto del recién nacido, que probablemente se encontrará también allí, ya se lo lleve ella o se lo quede él. En suma, nuestro pueblo nunca nos proporcionará materia para un poema, ¿no es cierto? Es el pueblo más prosaico del mundo, hasta el punto de que acaba uno sintiendo casi vergüenza. Porque, decidme, ¿qué habría pasado, por ejemplo, en Europa? ¡A qué pasiones y venganzas se habrían entregado los protagonistas, y con qué dignidad! Tratad de describir este caso en un relato, paso por paso, empezando por la joven mujer de un viudo, siguiendo con el episodio de la ventana y el momento en que ella se asoma para ver los daños que ha sufrido la niña, luego el instante en que se dirige a la comisaría y, a continuación, el juicio, con la presencia de la comadrona, y el momento de los últimos adioses y reverencias y… y figuraos, he estado a punto de escribir: «Y no saldría nada»; y sin embargo, podría resultar algo mejor que todos nuestros poemas y novelas con esos héroes «con la vida hecha pedazos y una perspicacia asombrosa». La verdad es que no entiendo dónde tienen los ojos nuestros novelistas: ¡ahí tienen un tema, ahí tienen una verdad como un puño para describir paso a paso! Aunque, después de todo, me he olvidado de esa antigua regla: no es el tema lo que importa, sino la mirada; si sabe uno mirar, encontrará el tema, y si uno no tiene ojos, si está ciego, no encontrará nada en ningún sitio. Ah, la mirada es muy importante: lo que para unos es un poema, para otros no es más que un montón de basura…


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