Diario de un escritor
Diario de un escritor ¿No serÃa posible suavizar de alguna manera la condena de KornÃlova? ¿Es de todo punto imposible? En verdad, ha podido producirse un error… ¡SÃ, sigo pensando que se trata de un error!
Paso a ocuparme de otra cuestión. Me gustarÃa decir unas palabras sobre la sencillez en general. Me ha venido a la memoria una pequeña anécdota de la que fui testigo hace bastante tiempo. Hace unos trece años, en una época muy «turbia» según unos y muy «rectilÃnea» según otros[64], una tarde de invierno entré en una biblioteca pública de la calle Meschánskaia (asà se llamaba entonces), no lejos de mi casa: habÃa decidido escribir un artÃculo crÃtico y necesitaba una novela de Thackeray para citar ciertos pasajes. Me atendió una señorita (una señorita de las de entonces[65]). Le pedà la novela y ella me escuchó con expresión severa:
—Aquà no tenemos semejantes estupideces —me atajó con un desprecio indescriptible que, Dios es testigo, no merecÃa.