Diario de un escritor
Diario de un escritor Naturalmente, no me sorprendí y comprendí en seguida de qué se trataba. En aquella época tales incidentes no eran raros; esa forma de actuar representaba una novedad y algunas personas se entregaban a ella con entusiasmo y precipitación. Las ideas, una vez vulgarizadas, adoptaban un aspecto de lo más chabacano. Eran los años en que se denigraba terriblemente a Pushkin y «las botas» se ponían por las nubes[66]. En cualquier caso, traté de razonar con ella:
—¿Es que considera usted que las obras de Thackeray son una estupidez? —le pregunté, adoptando un aire de lo más humilde.
—Debería darle vergüenza preguntarlo. Los viejos tiempos han pasado; ahora hay una demanda de asuntos racionales…