Diario de un escritor
Diario de un escritor Al oÃr esas palabras, salà a la calle, dejando muy contenta a la señorita de la lección que me habÃa dado. Pero la simpleza de su concepción me habÃa chocado mucho, y fue entonces cuando empecé a reflexionar sobre la sencillez en general y sobre la tendencia rusa a generalizar en particular. Esa capacidad para darnos por satisfechos con las cosas más simples, pequeñas e insignificantes es cuando menos sorprendente. Algunos me dirán que se trata de un caso absurdo y sin importancia, que la señorita era una tonta de pocas entendederas y, sobre todo, maleducada; que no merece la pena recordar esa anécdota; que esa señorita se figuraba probablemente que antes de ella toda Rusia estaba llena de imbéciles, pero que ahora, de pronto, habÃa surgido un montón de personas inteligentes, entre las que se encontraba ella misma. Sé de sobra todo eso, como también que las habilidades de aquella señorita sólo daban para pronunciar esos comentarios sobre los «asuntos racionales» y sobre Thackeray, que además no eran de su propia cosecha, como se veÃa en su cara; pero de todas formas ese incidente se me ha quedado grabado en la memoria como un sÃmil, como un apólogo, casi podrÃa decir que como un emblema. Considerad los juicios que vemos en nuestros dÃas, considerad las «demandas racionales» y las apreciaciones de nuestra época, no sólo sobre Thackeray, sino sobre el pueblo ruso en su conjunto: ¡qué simplezas oÃmos a veces! ¡Qué rigidez, qué facilidad para sentirse satisfecho con lo más nimio e insignificante, qué ansia general por quedarse tranquilo cuanto antes, por pronunciar una sentencia que permita no seguir pensando!. Y creedme, esa tendencia perdurará mucho tiempo entre nosotros. Fijaos: todo el mundo cree ahora en la sinceridad y la realidad del movimiento nacional de este año y, sin embargo, no basta ni siquiera esa fe, se requiere algo aún más sencillo. Un miembro de cierto comité relataba un dÃa en mi presencia que habÃa recibido bastantes cartas con cuestiones como las siguientes: «¿Por qué es absolutamente necesario que sean eslavos? ¿Por qué ayudamos a los eslavos en cuanto eslavos? Si los escandinavos se encontraran en la misma situación, ¿los ayudarÃamos como a los eslavos? En suma, ¿a qué viene esa consigna de eslavos?». (¿Os acordáis de la preocupación por la consiga de la unidad de la fe que se transparentaba en ese artÃculo de El Mensajero de Europa del que me ocupé en el último número de mi Diario?) A primera vista, podrÃa pensarse que en este caso no se trata de sencillez, de ansia de simplificación, sino que, por el contrario, esas cuestiones revelan un fondo de inquietud; pero la sencillez consiste precisamente en el esfuerzo por llegar al nihil y a la tabula rasa; es decir, por quedarse también tranquilo. Porque ¿hay algo más simple y tranquilizador que el cero? Y no perdáis de vista que en esas preguntas resuena también, aunque de un modo indirecto, el sonido de las «cuestiones racionales» y del «deberÃa usted avergonzarse».