Diario de un escritor
Diario de un escritor No cabe duda de que a muchas personas inteligentes y, por decirlo de algún modo, elevadas, no les gustó nada oír la voz serena y humilde, pero también firme y poderosa del pueblo, y no porque no le comprendieran, sino, al contrario, porque le comprendían demasiado bien, hasta el punto de que se quedaron un poco desconcertados. Al menos, se perciben señales certeras de que se está iniciando una fuerte reacción. No hablo de esas voces inocentes que ya se oían antes, que no podían dejar de gruñir y manifestar su disconformidad en nombre de sus caros y viejos principios sobre viejas cuestiones como, por ejemplo, que «no hay que apresurarse ni precipitarse por una cuestión tan cruda y poco enjundiosa como ayudar a los eslavos simplemente porque se supone que son nuestros hermanos», etc. No, no me refiero a esos viejos racionalmente liberales que rumian viejas frases, sino a una verdadera reacción contra el movimiento popular que, según todos los indicios, no va a tardar en levantar la cabeza. Esa reacción acabará uniendo, con la mayor naturalidad y aún sin proponérselo, a esos señores que, habiendo simplificado desde hace mucho su visión de Rusia hasta límites extremos de claridad, están dispuestos a decir: «Que se prohíba de una vez ese movimiento para que todo recobre el orden mortecino de antaño». Y no olvidéis que no es la naturaleza fantástica de ese «fenómeno» lo que molesta a esos simplificadores, es decir, el hecho de que lo que ellos consideraban inerte y estúpida sencillez de pronto se haya atrevido a abrir la boca, como si en verdad fuera algo consciente y vivo. Podemos entender ese disgusto: simplemente se sienten ofendidos. Pero nada de eso: les ha disgustado todo ese fenómeno porque, por fantástico que fuera, se volvió de pronto comprensible para cualquiera: «¿Cómo se ha atrevido a hacerse de pronto comprensible para cualquiera, cómo se ha atrevido a adoptar un aspecto tan sencillo y razonable?». Esa indignación, como ya he dicho antes, ha encontrado apoyo entre nuestros viejos intelectuales, que procuran con todas sus fuerzas «simplificar» y rebajar ese «fenómeno» razonable a la categoría de una manifestación elemental y primitiva que, aunque bienintencionada, es fruto de la ignorancia y puede resultar perjudicial. En suma, esa reacción se ocupa ante todo, con todas sus fuerzas y todos sus medios, de simplificar… Sin embargo, esa simplificación excesiva en la manera de considerar ciertos fenómenos puede llevaros a veces a perder vuestra propia causa. En algunos casos la sencillez acaba perjudicando a los propios simplificadores. La sencillez no se adapta; la sencillez es «rectilínea» y arrogante por encima de todo. La sencillez es enemiga del análisis. El resultado es que, con harta frecuencia, esa misma sencillez os impide comprender el asunto e incluso verlo, produciéndose el efecto contrario, es decir, que vuestro criterio, aun en contra de su voluntad, deja de ser sencillo y se vuelve fantástico. Eso es lo que sucede precisamente en nuestro país, como consecuencia del divorcio mutuo, prolongado y cada vez más pronunciado entre una Rusia y la otra. Ese divorcio tuvo su origen justamente en la sencillez con que una parte de Rusia juzgaba a la otra. Se inició hace muchísimo tiempo, como se sabe, ya en la época de Pedro el Grande, cuando se elaboró por primera vez una simplificación extrema de la concepción que la Rusia de arriba tenía de la Rusia popular; desde entonces, esa concepción no ha hecho más que simplificarse de generación en generación.