Diario de un escritor

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Eso lo sabía yo ya desde 1846, el año en que empecé a escribir, y puede que incluso desde antes… La verdad es que esa cuestión me había chocado más de una vez y me había causado no pocas dudas sobre la utilidad del arte, dada su manifiesta impotencia. Efectivamente: observad cualquier hecho de la vida real, incluso uno que no tenga nada de especial a primera vista; por poco ojo que tengáis y a poco que sepáis mirar, descubriréis una profundidad que no se encuentra ni siquiera en Shakespeare. Y a eso se reduce toda la cuestión: a tener ojo y saber mirar. Porque no sólo para crear y escribir obras literarias, sino también para captar un hecho, se requieren en cierta manera dotes de artista. Para algunos observadores todos los fenómenos de la vida se desarrollan según la más conmovedora sencillez y son tan comprensibles que no merece la pena pensar en ellos, ni siquiera prestarles atención. Pero a otros observadores esos mismos fenómenos les obsesionan tanto que (según sucede no pocas veces) al final son incapaces de generalizar y simplificar, de estirarlos en línea recta y encontrar así la tranquilidad; recurren a una simplificación de otro género y lisa y llanamente se alojan una bala en el cráneo, para acabar de una vez con todos sus problemas y acallar su mente atormentada. No son más que los dos extremos, pero entre ellos se sitúan todas las variedades del intelecto humano. Desde luego, nunca llegamos a agotar todo el significado de un fenómeno, nunca alcanzamos su final o su comienzo. Únicamente conocemos el flujo diario de los acontecimientos perceptibles, y sólo por medio de los sentidos; en cuanto a los fines y los comienzos, siguen perteneciendo para el hombre al dominio de la fantasía.


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