Diario de un escritor
Diario de un escritor Los mejores: he ahí un tema al que merece la pena dedicar unas cuantas palabras. Cabe calificar de tales a los hombres sin los cuales ninguna sociedad ni ninguna nación pueden vivir y perdurar, por más que disfrute de la más amplia igualdad de derechos. Naturalmente, los mejores son de dos tipos: 1) aquellos ante los cuales el pueblo mismo y la nación misma se inclinan voluntaria y libremente, reconociendo su valor genuino; y 2) aquellos ante los cuales todo el mundo, o al menos una gran parte del pueblo y la nación, se inclinan con cierta obligación, como si recibieran ese calificativo de «mejores» un poco por convención, y no de manera plena y efectiva. No puede uno quejarse de la existencia de esa categoría «convencional» de mejores, reconocidos oficialmente como tales, por decirlo así, en virtud del interés supremo del orden y de la solidez del gobierno, pues los «mejores» de esa clase son el producto de una ley histórica y han existido hasta la fecha en todas las naciones y Estados, desde que el mundo es mundo, de suerte que ninguna sociedad ha podido organizarse y constituirse en un todo sin recurrir a cierta violencia voluntaria de ese género. Toda sociedad, para perdurar y subsistir, debe respetar necesariamente algo y a alguien; y, lo más importante, ese respeto debe ser común a toda la sociedad, no depender del arbitrio de cada cual. Como los mejores de la primera categoría, es decir, los verdaderamente valerosos y ante los cuales toda la nación —o una gran parte de ella— se inclina de buena gana y sin reticencias, resultan a veces inencontrables, porque tienen cierto carácter ideal, son de difícil definición, se distinguen por algunas rarezas y peculiaridades y lucen con harta frecuencia cierto aire indecoroso en su aspecto exterior, se suele considerar mejores en su lugar a personas que lo son convencionalmente, que forman, por decirlo así, una casta de individuos mejores que cuentan con apoyo oficial. Es como si nos dijeran: «Ésos son a los que tenéis que respetar». Y si, además, esos mejores «convencionales» coinciden realmente con los mejores de la primera categoría (porque no todos los de la primera categoría tienen un aspecto indecoroso) y son también verdaderamente valiosos, no sólo se alcanza el objetivo plenamente, sino por partida doble. En nuestro país esos individuos mejores han sido, desde los tiempos más remotos, la guardia de los príncipes, luego los boyardos, el clero (pero sólo sus representantes más conspicuos), incluso algunos comerciantes señalados (aunque muy poco numerosos). No debe olvidarse que esos individuos mejores, tanto entre nosotros como en todas partes, es decir, en Europa, siempre han acabado elaborando un código bastante rígido de reglas de valentía y honor, y aunque ese código, en su conjunto, siempre era bastante arbitrario y a veces se apartaba muchísimo de los ideales del pueblo, representaba en ciertos aspectos un notable avance. El hombre «mejor» estaba obligado, por ejemplo, a morir por la patria, si se le exigía tal sacrificio, y moría realmente en aras del honor, «para que mi linaje no sufra ningún menoscabo»; y no cabe duda de que era algo incomparablemente mejor que el derecho a la deshonra, en virtud del cual un hombre lo abandona todo y a todos en un momento de peligro y corre a esconderse: «Que perezca todo el mundo con tal de que yo salve el pellejo». Así fueron las cosas durante mucho tiempo en nuestro país y debe señalarse una vez más que en Rusia esos mejores convencionales, con muchísima frecuencia y en numerosísimos aspectos, coincidían en sus ideales con los mejores no convencionales, es decir, populares. Desde luego, no en todo ni mucho menos, pero al menos se puede decir bien alto que en aquella época la distancia moral entre los boyardos y el pueblo ruso era incomparablemente menor que la que había en casi todos los lugares de Europa entre los tiranos victoriosos, los señores, y los esclavos vencidos, el pueblo.