Diario de un escritor
Diario de un escritor Pero de pronto se produjo un cambio radical en la organización de nuestros mejores: por decreto imperial, a todos ellos se les dividió en catorce categorías, unas superiores a otras, conformando una especie de escalera dividida en «clases», de suerte que se configuraron catorce categorías del valor humano, cada una con un nombre en alemán[72]. Esa transformación, en su desarrollo posterior, no alcanzó plenamente el fin primordial para el que se había introducido, ya que los «mejores» de antaño ocuparon en seguida las catorce categorías nuevas; la única novedad fue que, en lugar de boyardos, empezaron a llamarse nobles; pero en cierto modo cumplió su objetivo, porque contribuyó en gran medida a desterrar las viejas barreras. Se produjo una afluencia de fuerzas nuevas procedentes de los estratos bajos de la sociedad —fuerzas democráticas, según nuestra terminología— y sobre todo de las filas de los seminaristas. Ese flujo aportó muchos elementos vivificantes y fecundos a la categoría de los mejores, pues aparecieron hombres con capacidades y concepciones nuevas, con una educación inaudita para aquella época, aunque al mismo tiempo penetrados de un profundo desprecio por su origen y un ansia apremiante de transformarse cuanto antes, por medio de los grados, en nobles de pura sangre. Debe señalarse que, además de los seminaristas, sólo un reducidísimo número de personas procedentes del pueblo o de la clase de los comerciantes, por ejemplo, consiguieron introducirse en la categoría de los «mejores», y la nobleza siguió siendo la cabeza de la nación. Esa categoría estaba muy bien organizada, y, mientras el dinero, la propiedad y el saco de oro eran ya los amos de toda Europa y se les consideraba con total sinceridad lo más valioso y mejor que había en los hombres y entre los hombres, en Rusia —como aún nos acordamos— un general, por ejemplo, gozaba de tan alta consideración que hasta el comerciante más acaudalado consideraba un inmenso honor conseguir que fuera a cenar a su casa. No hace mucho leí una anécdota a la que nunca habría dado crédito si no hubiera sabido que era absolutamente cierta; es el caso que una dama petersburguesa, de la más alta sociedad, delante de todo el mundo, durante un concierto, echó de su butaca a la mujer de un comerciante multimillonario y se sentó en ella, insultándola además públicamente. ¡Y eso sucedió hace sólo treinta años! No obstante, hay que decir que esos «mejores», tan celosos de su posición, se dieron algunas reglas muy saludables, por ejemplo, la cuasi obligación de adquirir alguna educación, de suerte que toda esa casta de «mejores» era al mismo tiempo la clase más instruida de Rusia, la guardiana y portadora de la ilustración rusa, cualquiera que fuese. Ni que decir tiene que también era la única guardiana y portadora de las reglas del honor, pero ya según un modelo europeo de principio a fin, de manera que la letra y la forma acabaron imponiéndose totalmente a la sinceridad del contenido: había mucho honor, pero en última instancia las personas honradas eran poco numerosas. En ese periodo, sobre todo en sus postrimerías, la clase de los «mejores» se había separado ya mucho del pueblo en sus ideales del «hombre mejor», hasta el punto de que se reía abiertamente de casi todas las concepciones populares de lo «mejor». Pero de pronto se consumó una de las transformaciones más colosales que Rusia haya conocido nunca: se abolió el régimen de servidumbre y se produjo un profundo cambio en todo. Cierto que las catorce clases siguieron vigentes, pero los «mejores» parecieron vacilar. De repente era como si el antiguo hechizo hubiera dejado de actuar sobre la masa de la sociedad, como si algo hubiera cambiado en la idea que se tenía de los «mejores». En verdad, ese cambio no siempre fue para mejor; además, a partir de ese momento, empezó a percibirse un elemento de indeterminación y vaguedad en el concepto de los «mejores»; sea como fuere, la idea que se tenía antes ya no resultaba satisfactoria, de suerte que muchos empezaron a plantearse en conciencia cuestiones muy serias: «¿A quiénes había que considerar ahora los “mejores”? Y, sobre todo, ¿de dónde sacarlos, dónde encontrarlos, quién se encargaría de proclamar su primacía, y sobre qué bases? ¿Era necesario que alguien se ocupara de eso? Y, por último, ¿conocemos esas bases nuevas? ¿Podemos estar seguros de que son las idóneas para volver a construir tantas cosas?». Así pues, muchos empezaron entonces a formularse esa clase de preguntas…