Diario de un escritor

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Otro pensamiento que suscita involuntariamente «el incidente de la plaza de Kazán» revela un aspecto bastante tranquilizador de nuestra conciencia social; me refiero a que los héroes de todos los lamentables incidentes de este tipo se vuelven cada vez más insignificantes y carentes de interés incluso para los espíritus más exaltados. Antaño, hace cincuenta años, los responsables de delitos políticos en Rusia procedían de un medio social e intelectual superior (los decembristas); en los años cuarenta, el tipo del criminal político ruso degeneró de manera significativa (el círculo de Petrashevski); a comienzos de los años sesenta se vio reducido al llamado proletariado pensante (el grupo de Chernishevski); a principios de los años setenta cayó al nivel de estudiantes fracasados e ignorantes y de nihilistas de baja estofa (el grupo de Necháiev); en el asunto Dolgushin figura ya entre las filas de los propagandistas una chusma semianalfabeta; y, finalmente, en el «incidente de la plaza de Kazán» no sólo tenemos una chusma semianalfabeta, sino también un elemento de matiz claramente judío y algunos obreros fabriles depravados. Esa degradación progresiva es la mejor prueba de que la propaganda política criminal, después de todas las reformas liberales del presente reinado, ya no puede contar con ganarse las voluntades de los elementos educados de la sociedad; y en cuanto a la masa del pueblo, su influencia es aún menor, porque la masa del pueblo ha demostrado cómo recibe a los profetas indeseados…


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