Diario de un escritor

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En muchos aspectos mis convicciones son puramente eslavófilas, aunque tal vez no sea un eslavófilo de los pies a la cabeza. Hasta la fecha a los eslavófilos se los interpreta de distintas maneras. Para unos, incluso hoy día, la doctrina eslavófila no es más que el kvas y los rábanos, como en los viejos tiempos de Belinski, por poner un ejemplo. Belinski realmente no iba más lejos en su concepción de la doctrina eslavófila. Para otros (y, debo señalar, para muchos otros, tal vez incluso para la mayoría de los propios eslavófilos), la doctrina eslavófila representa la aspiración a la liberación y unión de todos los eslavos bajo el liderazgo supremo de Rusia, un liderazgo que no tiene por qué ser estrictamente político. Y, en fin, para un tercer grupo de personas la doctrina eslavófila representa e implica, además de esa unión de los eslavos bajo el liderazgo de Rusia, la alianza espiritual de todos los que creen que nuestra gran Rusia, a la cabeza de los eslavos unidos, dirá al mundo entero, a toda la humanidad y civilización europeas, su palabra nueva y saludable, una palabra que el mundo no ha oído jamás. Esa palabra redundará en beneficio de una verdadera unión de toda la humanidad en una alianza nueva, fraternal y universal, cuyos principios fundamentales se encuentran ya en el genio de los eslavos y, por encima de todo, en el espíritu del gran pueblo ruso, que durante tanto tiempo ha sufrido y durante tantos siglos ha sido condenado al silencio, pero que siempre ha conservado poderosas fuerzas para la clarificación y la solución de muchos amargos y fatídicos malentendidos de la civilización occidental. A esa última categoría de convencidos y creyentes pertenezco yo.


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