Diario de un escritor
Diario de un escritor No obstante, sólo quería señalar ese curiosísimo rasgo que, junto a centenares de observaciones no menos profundas, Cervantes reveló en el corazón humano. El más soñador de los hombres, que lleva hasta la locura su fe en el sueño más fantasioso que pueda imaginarse, de pronto se ve asaltado por una duda y una perplejidad que está a punto de dar al traste con su fe. Y lo curioso es lo que le hace vacilar: no la absurdidad de lo que constituye la base de su locura, no la absurdidad de creer en caballeros andantes que recorren el mundo por el bien de la humanidad, no la absurdidad de los prodigios mágicos relatados en esos «libros verídicos», sino una circunstancia secundaria, externa y totalmente particular. ¡Ese hombre fantástico de pronto siente nostalgia del realismo! No es la aparición de ejércitos mágicos lo que le desconcierta: ah, eso no le suscita ninguna duda. ¿Cómo iban a dejar constancia de su valor esos grandes y magníficos caballeros si no se les enviaran todas esas pruebas, si no existieran esos gigantes envidiosos y esos hechiceros malignos? El ideal del caballero andante es tan elevado, tan hermoso y útil y ha conquistado hasta tan punto el corazón del noble Don Quijote que se le ha vuelto totalmente imposible renunciar a esa fe, pues eso equivaldría a traicionar su ideal, su deber y su amor a Dulcinea y a la humanidad. (Cuando renuncia, cuando se cura de su locura y recupera la razón, a la vuelta de su segunda salida, en la que resulta vencido por el inteligente y sensato bachiller[95] Sansón Carrasco, escéptico y sarcástico, no tarda en morir, plácidamente, con una triste sonrisa, consolando al lloroso Sancho, distinguiendo a todos con el inmenso amor que encierra su santo corazón y comprendiendo, no obstante, que ya no le queda nada por hacer en este mundo.) No, lo que le desconcierta simplemente es esa consideración indiscutible y matemática de que, por mucho que blanda su espada un caballero y por grande que sea su fuerza, no es posible derrotar a un ejército de cien mil hombres en unas horas, ni siquiera en un día, no dejando uno solo con vida. Y sin embargo, así está escrito en esos libros verídicos. En consecuencia, lo que allí se dice es mentira. Y si una cosa es falsa, todo es falso. Entonces, ¿cómo salvar la verdad? Y he aquí que para salvar la verdad inventa otra ilusión, pero dos veces, tres veces más fantástica, tosca y absurda que la primera: se imagina cientos de miles de hombres ficticios con cuerpo de molusco, que la espada afilada del caballero puede traspasar con rapidez y facilidad diez veces mayores que un cuerpo humano corriente. De esa manera el realismo queda satisfecho, salvada la verdad, y él ya puede creer, sin sombra alguna de duda, en la ilusión primera y principal; y todo eso, una vez más, merced únicamente a una segunda ilusión bastante más absurda, que inventa con la única intención de amparar el realismo de la primera.