Diario de un escritor
Diario de un escritor Todos los periódicos rusos han comentado recientemente (y siguen comentando) el suicido del general Hartung, en Moscú, durante la sesión del Tribunal Provincial, un cuarto de hora después de conocer que el jurado lo había declarado culpable. Así pues, creo que todos los lectores del Diario están más o menos enterados de ese sorprendente y trágico suceso y que no es necesario entrar en detalles. En sus aspectos fundamentales los hechos son los siguientes: un hombre con un cargo importante y de la mejor sociedad se conchabó con un antiguo sastre llamado Sanftleben, a la sazón prestamista y usurero, y no sólo porque se viera obligado a pedirle prestado dinero, sino casi en calidad de amigo; por ejemplo, había aceptado convertirse en su albacea, y al parecer de muy buena gana. Luego, al morir Sanftleben, se produjeron algunos sucesos escandalosos: un talonario desapareció de no se sabe dónde; en flagrante vulneración de las prescripciones legales, Hartung se llevó a su domicilio letras de cambio, títulos y documentos. Según ha quedado demostrado, Hartung se puso de acuerdo con una parte de los herederos en detrimento de la otra (aunque es probable que ni él mismo lo sospechara). Luego uno de los herederos irrumpió en su casa y el desdichado albacea se dio cuenta de la clase de gente con la que se había mezclado. Después se produjeron las acusaciones formales: robo de letras de cambio y de un talonario, falsificación de letras, desaparición de títulos por valor de cien mil o incluso doscientos mil rublos… Más tarde comenzó el juicio. El fiscal hasta se felicitó de que se celebrara, y el hecho de que un general se sentara en el mismo banquillo que los representantes del pueblo ofreció a la Temis[96] rusa la posibilidad de proclamar el triunfo de la igualdad ante la ley de los grandes y poderosos con los pequeños e insignificantes.