Diario de un escritor

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IIEL CABALLERO RUSO. UN CABALLERO NO PUEDE MENOS DE SERUN CABALLERO HASTA EL FINAL.

Es el caso que los caracteres antiguos no han cambiado y, por lo visto, tardarán mucho en cambiar, pues para todo se requiere tiempo y siempre hay que contar con la naturaleza. Me refiero a los caracteres de nuestra sociedad ilustrada. Aquí, por lo demás, me gustaría señalar de forma denodada e insistente que no estaría bien que cambiáramos de pronto como veletas, porque el rasgo más aborrecible de nuestras capas cultas es precisamente esa ligereza e inconsistencia, cualidades que tienen algo de lacayuno y traen a la memoria la imagen de un criado vestido de señor. Por ejemplo, una de las peculiaridades de nuestros aspirantes a caballeros, si por alguna circunstancia entran en contacto con personas adineradas e ilustres, y sobre todo si consiguen penetrar en su círculo, es el gusto por las apariencias, la necesidad de hacer ostentación. Advertid que no me estoy refiriendo personalmente a Hartung, pues desconozco por completo su biografía; sólo quiero esbozar algunos rasgos de un representante de nuestras clases cultas conocido de todos, una persona a la que podría sucederle lo mismo que al general Hartung, si concurren las circunstancias oportunas. Pongamos el caso, por ejemplo, de un hombre insignificante, con un cargo modesto y sin un céntimo en el bolsillo, que de pronto se codea con la alta sociedad o al menos entra en contacto con ella. Y de pronto ese pobre hombre, cuyo único bien es su capacidad para infiltrarse en la alta sociedad, adquiere su propio carruaje, una vivienda «digna», criados, trajes, guantes. Puede que quiera hacer carrera, abrirse camino, pero lo más frecuente es que quiera ser como los demás: «Todo el mundo vive así, ¿por qué yo no?». Siente cierta vergüenza que no consigue superar; en una palabra: tiene una noción bastante peculiar del honor y la respetabilidad, y demuestra no tener ni un adarme de dignidad personal. En paralelo con algo tan primordial como el sentimiento de la dignidad personal sólo puede colocarse, a mi juicio, la incomprensión, casi generalizada en nuestra época ilustrada y europea, de la libertad y de aquello en lo que consiste; pero ya volveremos sobre ese punto más adelante. El segundo y también casi trágico rasgo de nuestro ruso instruido es su docilidad, su disposición a condescender. Ah, hay muchos campesinos ricos y bolsistas que son unos canallas redomados, pero que al menos muestran firmeza; también hay personas honradas que muestran firmeza, aunque son muy poco numerosas; en la mayoría de los rusos honrados impera precisamente esa pronta aquiescencia, esa necesidad de ceder, de condescender. Y por lo común esa actitud no está dictada por la bondad, y mucho menos por la cobardía, sino que se trata de una especie de delicadeza o vaya usted a saber de qué. Por ejemplo, cuántas veces habéis tenido que lidiar con un individuo terco que os presiona e insiste para que expreséis vuestro parecer, compartáis su opinión, adoptéis su punto de visto e incluso le cedáis su voto en cualquier asamblea, aunque es posible que en vuestro fuero interno esa posibilidad no os haga la menor gracia. También seduce mucho al ruso la palabra «todos»: «Soy como todos.» «Comparto la opinión general.» «¡Todos a una, hurra!» Pero concurre también otra circunstancia extraña: al hombre ruso le gusta mucho cautivarse y seducirse a sí mismo, persuadirse y convencerse. No le apetece hacer esto o aquello, por ejemplo convertirse en albacea de Sanftleben, pero se dice: «¿Por qué no? Lo haré…».


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