Diario de un escritor

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Entre las clases cultivadas rusas no es raro encontrar individuos que, en cierto sentido, resultan encantadores, pero que al mismo tiempo presentan esas malhadadas peculiaridades del caballero ruso a las que acabo de referirme. Algunos son muy inocentes, casi schillerianos; su desconocimiento de los «asuntos» resulta casi conmovedor, pero el sentimiento del honor es muy fuerte en ellos: algunos llegan a pegarse un tiro, como Hartung, si creen que han perdido el honor. Hasta es posible que esas personas sean muy numerosas. Pero dudo que sepan, por ejemplo, a cuánto ascienden sus deudas. Y no porque todos ellos sean unos juerguistas; al contrario, algunos son maridos y padres excelentes, pero un padre puede derrochar tanto dinero como un juerguista. No son pocos los que inician su andadura con los escasos restos del antiguo patrimonio familiar, que no tardan en disiparse en los primeros tiempos de su juventud. Entonces se casan, ingresan en la administración, consiguen un puesto normalillo, nada del otro mundo, pero que al menos les proporciona unos ingresos y una base para vivir, algo ya sólido, muy diferente de ese vagabundeo mundano de sus años anteriores. No obstante, las deudas siguen aumentando; ni que decir tiene que las paga, porque es un caballero, pero lo hace contrayendo nuevas deudas. Puede afirmarse rotundamente que muchos de ellos, al sopesar a veces su situación, a solas consigo mismos, podrían proclamar con osadía y gran dignidad: «No hemos robado nada ni tenemos intención de hacerlo». Y sin embargo, podría pasar algo como lo que a continuación se expone: en caso de necesidad (me refiero a un caso de necesidad extrema) sería capaz de pedir prestados a la niñera de sus hijos los diez rublos que ésta ha conseguido ahorrar. Bueno, ¿y por qué no? Además, por lo común, la vieja niñera lleva mucho tiempo viviendo en la casa y es como un miembro más de la familia, con quien se mantiene una relación estrecha y amistosa. Se la trata con cariño e incluso se le confían las llaves más importantes. El bueno del general, su señor, le ha prometido hace tiempo una plaza en el asilo para cuando sea vieja, pero sus numerosos asuntos le impiden ocuparse de esa cuestión que, por lo demás, debería haber arreglado ya hace tiempo. No obstante, la niñera no se atreve a recordárselo; como mucho se lo menciona una vez al año, temblando de pies a cabeza al pensar que está molestando a un hombre tan nervioso y atareado como el general. «Es un buen hombre, él mismo se acordará», piensa alguna que otra vez, cuando se deja caer con sus viejos huesos en la cama. En cuanto a los diez rublos, hasta le da vergüenza mencionárselos, pues la viejecita tiene su conciencia. Y de pronto el general se muere y la viejecita se queda sin plaza en el asilo y sin los diez rublos. Desde luego, todo eso no son más que naderías y menudencias, pero si de repente, en el otro mundo, alguien le recordara al general que no le ha devuelto los diez rublos a la niñera, se pondría terriblemente colorado: «¿Qué diez rublos? ¡No es posible! ¡Ah, sí, es verdad, hace cuatro años! Mais comment, comment, ¿cómo ha podido suceder?». ¡Y esa deuda le atormentaría más que aquella otra de diez mil rublos que ha dejado insatisfecha! Se sentiría profundamente avergonzado: «Ah, les juro que no era ésa mi intención; les juro que ni siquiera pensaba en eso, se me había olvidado». Pero allí arriba al pobre general sólo lo escucharían los ángeles (porque sin duda estaría en el paraíso), mientras la vieja niñera se quedaría en la tierra sin los diez rublos, y a veces hasta sentiría pena de él: «Que Dios lo tenga en su gloria; es pecado recordar algo así; era un hombre bondadosísimo y el señor más justo que pueda imaginarse».


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