Diario de un escritor
Diario de un escritor Y otra cosa más: si ese hombre encantador encontrara el modo de volver a la tierra, en su antigua condición de general, ¿le devolverÃa los diez rublos a la niñera?
Pero esos individuos no siempre toman dinero prestado. Ahà tenéis a su amigo, el nobilÃsimo Iván Petróvich, que le pide que le extienda una letra de cambio por valor de seis mil rublos: «La depositaré en mi banco —dice—, me la descontarán y yo te entregaré, queridÃsimo amigo, un pagaré por esa cantidad». No hay nada que pensar. Le firma la letra. Luego se encuentra con frecuencia a Iván Petróvich en el casino; naturalmente, ambos han olvidado la letra, porque los dos son, por decirlo de alguna manera, la flor y nata de la respetabilidad; y de pronto, al cabo de seis meses, los seis mil rublos caen de golpe sobre los hombros del general: «Haga el favor de pagar, excelencia». Y entonces esos individuos se abalanzan sobre personas como Sanftleben y firman documentos a un interés del ciento por ciento.