Diario de un escritor

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Creedme cuando os digo que con esa historia no he pretendido acusar de ningún modo al difunto general Hartung. No le conocía de nada ni dispongo de ninguna información personal sobre él. Sólo he pretendido esbozar a grandes rasgos el carácter de un miembro de nuestra sociedad, de un hombre que, de haberse visto envuelto en un embrollo semejante al del general Hartung con Sanftleben, habría corrido su misma suerte, incluyendo el suicidio. Por eso, en el caso Hartung, soy de la opinión de que no hay razón para vilipendiar al tribunal ni para que éste se sienta avergonzado. Nos encontramos ante una fatalidad, ante una tragedia: el general Hartung, hasta el último instante, se consideró inocente y dejó una nota…

—Así es —dirán algunos—, dejó una nota… Y es imposible que en un momento semejante un hombre, y además creyente, según se ha demostrado, pueda mentir. Así pues, no sustrajo nada, puesto que así lo declara solemnemente. Tampoco cabe la posibilidad de que transigiera con su conciencia: por ofuscada y confusa que estuviera su razón en medio de todo ese embrollo, cuando dice: «No he robado», es inevitable que sepa si ha robado o no. Porque aquí la cuestión se reduce a lo siguiente: ¿se llenó los bolsillos o no? Si había robado algo, ¿cómo podía no saberlo?


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