Diario de un escritor

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Y, en fin, lo más probable es que no pudiera, en el fondo de su corazón, confesar esa indulgencia, esa debilidad, esa benevolente complacencia. Es posible que se produjera un cúmulo de circunstancias que fue incapaz de comprender, incluso en el instante supremo, y así partió al otro mundo. «Han robado una libreta de letras de cambio»; y ciertas personas sensatas, en quienes confía plenamente, le convencen desde el principio de que eso carece de importancia, de que la libreta se perdió sola no se sabe cómo, porque en el fondo nadie la necesitaba. Le demuestran con cifras en la mano, matemáticamente, que esa libreta habría causado un perjuicio, no un beneficio, a los propios herederos. (Ese mismo argumento fue presentado más tarde, en el juicio, por la defensa, y parece atinado.) Puede que todo lo demás se le demostrara y se le explicara a Hartung en el mismo sentido. No sabía nada de negocios y se le podía convencer de cualquier cosa. «Crea usted —pudieron decirle— que también nosotros somos personas honradas y no queremos robar nada a los herederos, pero Sanftleben ha dejado tan embrollados sus asuntos que si ellos (los herederos) se enteraran de lo de la libreta y de todo lo demás, podrían acusarnos sin más de fraude; por tanto, hay que ocultárselo.» Naturalmente, esos «embrollos» en los asuntos de Sanftleben no se revelaron de golpe, sino poco a poco, de modo que Hartung fue enterándose de la verdad o, mejor dicho, perdiendo el apoyo de la verdad y hundiéndose en la mentira gradualmente, día a día. Y de pronto uno de los herederos irrumpió en su casa y, si no gritó que el general Hartung era un ladrón, es como si lo hubiera hecho, porque entró con aire victorioso, con una sonrisa triunfante y maliciosa, plenamente convencido de que podía armar cualquier tipo de escándalo en la vivienda del general. Sólo entonces el general comprendió de veras en qué nido de víboras se había metido. Luego perdió del todo la cabeza, empezó a proponer compromisos y transacciones y, naturalmente, fue enredándose cada vez más, mientras la acusación se aferraba con avidez a esos compromisos y transacciones, que presentaba como nuevos datos que lo desacreditaban. No escatimó nada. En suma, Hartung murió plenamente convencido de su inocencia personal, pero en sentido estricto no puede hablarse de error… de error judicial. Fue una fatalidad, una tragedia: una fuerza ciega, por alguna razón, eligió a Hartung para castigar una serie de vicios muy extendidos en esa clase social. Habrá diez mil hombres como él, pero sólo Hartung pereció. Con su trágico fin, ese hombre inocente y honrado a carta cabal ha inspirado mucha más simpatía de lo que lo hubiera hecho cualquiera de esos otros diez mil, y su proceso ha tenido una gran repercusión en Rusia y ha servido de advertencia a quienes inciden en tales «vicios»; pero es poco probable que tal fuera la intención del destino, esa divinidad ciega, cuando lo golpeó.


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