Diario de un escritor

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IIILA MENTIRA ES INDISPENSABLE PARA LA VERDAD. MENTIRA SOBRE MENTIRA EQUIVALE A VERDAD. ¿ES ESO CIERTO?

Y sin embargo, se ha reavivado en mí una impresión ya antigua, de la que querría hacer partícipe al lector, aunque tal vez sea muy ingenua. Se refiere a nuestra justicia en general. Se suele considerar en todo el mundo que los juicios públicos con jurado son el colmo de la perfección: «Es una victoria —dicen—, el fruto supremo de la inteligencia». Y yo comparto esa opinión, porque si os dicen, por ejemplo: «Bueno, pues inventad algo mejor», os quedáis sin respuesta. En consecuencia, tiene uno que mostrarse de acuerdo, aunque sólo sea porque no puede inventar nada mejor. Y sin embargo, he aquí que sale a escena… es decir, que sube al estrado, el señor fiscal. Supongamos que es un hombre extraordinario, inteligente, concienzudo, instruido, cristiano convencido y conocedor de Rusia y de los rusos como pocos. Bueno, pues ese hombre tan concienzudo empieza diciendo que «hasta se alegra de que se haya cometido ese delito, porque al fin el malhechor —es decir, el acusado— recibirá su castigo, porque si supieran ustedes, miembros del jurado, qué canalla es ese tipo». Naturalmente, no emplea la palabra «canalla», pero da lo mismo: en los términos más corteses, gentiles y humanos acaba retratándolo peor que un canalla, peor que cualquier canalla. Con gran dolor de su corazón y la mayor delicadeza, refiere que ya su madre era de la misma ralea, que a fin de cuentas el acusado no tenía más remedio que robar, ya que su vil depravación lo hundía cada vez más en el abismo. Todos sus actos fueron cometidos de forma plenamente consciente y con la mayor premeditación. Acordaos de lo bien que le vino el incendio que se declaró en una calle cercana en el momento de la comisión del delito, pues la alarma causada por las llamas desvió la atención de los porteros y de todo el vecindario. «Ah, ni que decir tiene que no estoy acusándolo directamente de incendiario, pero convendrán conmigo, señores del jurado, en que nos encontramos ante una extraña coincidencia que inevitablemente le lleva a uno a pensar… Pero no digo más, no digo más. Claro que ustedes enviarán bien lejos de aquí a ese ladrón, a ese asesino (porque sin duda habría matado, de haber encontrado a alguien en la casa) y, en fin, a ese incendiario, ese incendiario empedernido y declarado, permitiendo de ese modo que la gente honrada respire libremente, que las amas de casa puedan salir tranquilas de sus hogares para ir a la compra, que los propietarios de inmuebles no tiemblen por sus bienes, aunque los tengan asegurados en esta o aquella compañía de seguros. Pero no vale la pena que os diga todo esto: ¡basta con que lo miréis! Ahí lo tenéis, sentado delante de vosotros, sin atreverse a levantar los ojos ante las personas honradas. ¿Es que no basta una simple mirada para convencerse de que es un ladrón, un asesino y un incendiario? Sólo hay una cosa que lamento de verdad: que no haya tenido tiempo de cometer diez robos de ropa blanca, degollar a diez amas de casa y prender fuego a diez edificios, para que la misma desmesura de sus crímenes hubiera sacudido a nuestra sociedad, olvidada de sus deberes cívicos, obligándola a salir de una vez en su propia defensa, a abandonar esa criminal apatía cívica…»


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