El diario de Raskolnikov

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—¡Usted es el que grita; no yo! —observé, con calma—. Tenga usted presente que soy estudiante, y no me hable en ese tono.

Apenas me daba cuenta de lo que por mí pasaba; pero no podía sufrir una lesión de mis derechos y una ofensa a mi persona.

El teniente estaba tan excitado, que dio un salto en su silla.

—¡Cállese usted! ¡Está usted en un tribunal! ¡No sea usted descarado, señor!

—También usted se encuentra en un tribunal y encima está fumando un cigarrillo. Por le tanto, es usted el que no sabe conducirse como es debido.

Estaba yo tan acalorado y me había sublevado aquello de tal modo, que no podía pensar en otra cosa. Sentía que de nuevo podía respirar libremente y que se trataba, ante todo, de disimular lo mejor posible. Aun hoy mismo me maravilla el que pudiera yo dejar traslucir tanta sensibilidad. El jefe del negociado, que también estaba fumando, nos miraba a ambos, sonriendo. Yo temblaba todavía bajo la impresión de la ofensa que me había inferido, y también el ayudante del comisario parecía seguir enfadado.


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