El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov El empleado contemplaba con una sonrisa entre despectiva y compasiva, mezcla de triunfal arrogancia y de piedad, al novato que acababa de recibir el bautismo de fuego. Parecía decirle: «¡Vaya, amiguito! ¿Qué tal?»
Pero yo me sentía henchido de un bienestar profundo, que parecía infiltrárseme por todas las venas. No miento al decir que por un instante, quizá por un segundo, me sentí indeciblemente dichoso. ¡Qué contento estaba! Encontré una sabrosa voluptuosidad en entablar con el jefe un largo diálogo, cual si se tratara de un amigo antiguo. Mi alma parecía derretirse de gusto.
En aquel momento descargó muy cerca ele mí un trueno formidable.
—Pero ¡qué bribona! —gritó de pronto el oficial, dirigiéndose a la señora elegante, probablemente para descargar su mal humor y volver por los fueros de su autoridad, malparada por mi reproche—. Pero ¿qué nuevo arrechucho te ha dado? ¿Escándalo público, riña, excesos de bebida? ¿Es que quieres ir a parar a las Arrepentidas? ¿No te dije, no te advertí con toda claridad que como volvieras a las andadas, se me acabaría la paciencia?
Se me escurrió el papel de la mano. Confuso me quedé mirando a la señora regañada, a la que trataban con tan poco respeto.