El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov —Iliá Petróvich —empezó el jefe, pero desistió en seguida del inútil intento de tranquilizar al oficial furioso.
Por lo que a la señora tan mal tratada se refiere, entróle al principio un violento temblor. Pero luego, de un modo admirable, a proporción que caÃan sobre ella insultos cada vez más gordos, fue poniendo una cara cada vez más amable; de segundo en segundo se fue volviendo más atenta y hasta empezó a poner de manifiesto cierta coqueterÃa. Hubiérase dicho que aquellas injurias le proporcionaban un deleite. Inclinóse otra vez y aguardó pacientemente a que llegase el turno para hablar.
—En mi casa no ha habido ninguna riña, señor capitán, ni ningún escándalo.
Se expresaba bien en ruso, pero con marcado acento alemán y muy aprisa.
—Los señores llegaron allá a eso de las dos, señor capitán... Yo quiero explicárselo a usted todo, señor capitán... Yo no tengo la culpa de nada, ni tampoco mis mujeres, pues mi casa es una casa decente, señor capitán, y sólo la frecuentan señores distinguidos. Yo no tolero escándalos en mi casa.