El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov Abrà la puerta y escuché. En la casa todo el mundo dormÃa. Sorprendido, me pasé revista a mà mismo y al cuarto; me pregunté cómo habÃa podido olvidarme la noche antes de echar el pestillo a la puerta y tenderme sobre el diván, tal y como estaba, vestido y sin siquiera quitarme el sombrero. Éste habÃa rodado al suelo, y allà estaba, junto a la almohada. Si alguien hubiera entrado en ese instante..., ¿qué habrÃa podido pensar? ¿Que yo estaba borracho? SÃ, pero...
Me precipité a la ventana. HacÃa ya bastante claridad para que yo pudiera examinar mis ropas y cerciorarme de si no conservaban huellas visibles, lo que, por cierto, no era nada fácil. Temblando de frÃo, me desnudé y escudriñé de nuevo mi traje todo, hasta el último hilo. Desconfiaba de mà mismo, pues me sentÃa en aquel instante de todo punto incapaz de reconcentrar la atención. Asà que empecé por tres veces mi examen, pero no pude descubrir ninguna huella, salvo un par de gotitas de sangre coagulada en los bordes del pantalón, vueltos y muy raÃdos.
—¡Gracias a Dios!*—pensé—. ¡Gracias a Dios!
