El doble

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–Yo, Krestián Ivánovich –continuó el señor Goliadkin siempre en el mismo tono, algo irritado y desconcertado por la dura obstinación del médico–, yo, Krestián Ivánovich, gusto de la tranquilidad y no del mundanal ruido. Allí, con ellos, me refiero a la alta sociedad, Krestián Ivánovich, hay que saber lustrar el parquet con las botas… –Aquí el señor Goliadkin arrastró ligeramente un pie por el suelo–. Allí esto lo exigen, señor, y también exigen retruécanos… Es necesario saber perfumar los cumplidos, señor… Eso es lo que allí exigen. Y yo no he aprendido eso, Krestián Ivánovich, todas esas astucias no las he aprendido; no he tenido tiempo, Krestián Ivánovich. Soy un hombre sencillo, llano, sin brillo exterior. En eso depongo las armas, Krestián Ivánovich; me rindo en ese sentido.

El señor Goliadkin, desde luego, dijo todo eso con un aspecto que daba a entender que nuestro héroe no lamentaba en absoluto rendirse en ese sentido y no haber aprendido astucias, sino más bien todo lo contrario. Krestián Ivánovich, mientras lo escuchaba, miraba hacia abajo con una mueca muy desagradable en el rostro, como presintiendo algo. Después de la perorata del señor Goliadkin sobrevino un silencio bastante largo y significativo.

–Me parece que se ha desviado un poco del tema –dijo por fin Krestián Ivánovich a media voz–. Debo confesar que no le he entendido del todo.


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