El doble

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Conservando íntegra e inmune la nobleza de alma, impoluto el corazón y limpia la conciencia (¡verdadera dicha y riqueza de todo mortal!), me veo obligado, muy señor mío, por segunda vez y sin aguardar respuesta a mi carta de ayer, a entrar en explicaciones con usted y expresar de una vez por todas mi última palabra. Me avergüenzo de mi carta de ayer, puesto que en mi inocencia y candidez –cualidades que indican ciertamente una formación auténticamente noble adquirida ante todo a través de la educación (de la que tan falsa y descaradamente se enorgullecen algunas personas hipócritas y en cualquier caso despreciables)–, en mi inocencia y candidez, repito, le he hablado a usted, muy señor mío, en mi última carta, en un lenguaje sin subterfugios ni ocultas artimañas subterráneas, sino en uno franco, noble, inculcado en mí por la auténtica convicción en la pureza de mi conciencia y en el desprecio que albergo por la repugnante y en todo sentido digna de lástima hipocresía. Cambio mi lenguaje y a la vez le pido encarecidamente, muy señor mío, considerar mi carta de ayer, que Petrushka se llevó furtivamente, como no recibida, como del todo inexistente, o, si tal cosa es imposible, le ruego, por lo menos, muy señor mío, leerla exactamente al revés, en sentido contrario, es decir, interpretando el significado de mis palabras en un sentido deliberadamente opuesto. Porque no solo no deseo ahora entrevistarme con un individuo de sexo femenino que usted conoce, sino que me niego terminantemente, por el bien de mi propia seguridad personal y de mis intereses, a mantener con él incluso las más remotas y las más inocentes relaciones. De hecho, ya había rechazado a ese individuo y me había apartado de él cuando, sin pretexto alguno por mi parte para infringir las reglas del decoro, vivía en compañía de usted y de otros, personas que por siempre serán caras a mi corazón, en el piso de dicho individuo, beneficiándome de su mesa y de su servidumbre. Del mismo modo, estoy dispuesto a apartarme de él también ahora, cuando, por el contenido de la carta que usted escribió el día *** del presente mes, tomé conocimiento de la ilegal y –en todo caso, para un individuo de buena educación– deshonesta adquisición de una libra de azúcar en terrones a través del ladrón Petrushka, de lo que incluso me alegro, puesto que ahora tengo en mis manos un documento escrito y original sobre sus falsas virtudes. Por último, también confío en que usted, en la rectitud de su carácter verdaderamente franco, estará en todo de acuerdo con que haber sobornado a Petrushka, haberlo atraído a su servicio y, por su parte, muy señor mío, poner a mi disposición a Evstafi, al que sus astutas palabras presentan como apto para servir a un hombre soltero y joven de buena conducta –y eso a pesar de que Evstafi es un canalla de los que el mundo jamás ha visto–, habla en favor mío incluso más de lo que corresponde. Créame, muy señor mío (si es que aún no se ha convencido), que para todo en el mundo existen represalias, y que sobre nosotros existen también nuestros superiores. En cuanto a mis embusteras cartas dirigidas a ese individuo, como usted afirma injustamente en su carta, muy señor mío, jamás han existido, y, por lo tanto, no hay documentos de ningún tipo en mi contra. En cuanto al desgraciado sujeto conocido por sus vergonzosas inclinaciones, y que ahora desempeña el lamentable y a la vez peligroso papel de sustituto e impostor, dígale que, primero, 1) la impostura, y más aún el descaro y la insolencia, jamás han llevado a nadie a nada bueno y moral; 2) que los Otrépiev son imposibles en nuestro tiempo; 3) que las cuartetas supuestamente escritas y compuestas por él durante su estancia en mi casa, con lágrimas de cocodrilo –y por tanto engañosas– de tierna emoción, las conservo como prueba ante el mundo entero contra una perversión y un descaro indignantes –cualidades que llevan a la ruina–, y que, por último, 4) nunca me he llamado ni nunca he sido gemelo de nadie, que esa queja le granjeará más el ridículo y el oprobio por parte de la gente que cualquier cumplimiento de sus infames deseos, y que, por último, no le permitiré que se burle de mí. Dígales a todos, muy señor mío, que yo no soy de esa clase de personas que temen el juicio o la confrontación cuando sienten que llevan algún pecadillo en el alma y, por eso, se andan con lisonjas; que yo no soy de esa clase de personas siempre dispuestas a estirar la nariz para recibir un pellizco y luego, encima, dar las gracias; que yo, por último, no soy de esa clase de personas que, por ejemplo, si se hacen coser por el sastre unos pantalones a la moda, con buenas trabillas, se sienten, por su propia estupidez, todo el día felices como tontos. Para concluir, le diré que considero el deber más sagrado devolverle en su totalidad el dinero que le adeudo, muy señor mío, por la compra de las hojas de afeitar, y hacerlo con el más profundo agradecimiento.


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