El doble
El doble Nuestro héroe se frotó las manos con frenesí cuando terminó sus dos cartas. El señor Goliadkin estaba visiblemente agitado, como si ya hubiera aniquilado por completo a todos sus enemigos y acabado definitivamente con todas sus viles y repugnantes artimañas. Sobre todo, se había exaltado al escribir las últimas líneas. Resulta que él mismo sintió por fin que se encontraba en su derecho. Con amor y esperanza, miró una vez más esas líneas ardientes, aunque ya frías; luego plegó ambas cartas y las metió en dos sobres separados. «Y, ahora, manos a la obra –dijo al cabo el señor Goliadkin, levantándose de su sofá–. Ahora a lanzar el contraataque, y lo más pronto posible. Porque todavía pueden ser advertidos, eso es muy posible. Ojalá no llegue tarde. ¡Ay, ay, ya son más de las dos!»