El doble
El doble En efecto, el reloj del señor Goliadkin ya indicaba las dos y cuarto cuando terminĂł su correspondencia. A pesar de que las cartas no eran muy extensas, dar con el estilo debido no resultaba fácil para nuestro hĂ©roe. Sobre todo, habĂa tenido que trabajar con ahĂnco al principio, en las primeras páginas. El señor Goliadkin tomĂł en silencio su sombrero y, con bastante lentitud, se empezĂł a poner el capote. El asunto era en verdad extraño. ¡Una broma que, por lo demás, otra vez era pesada! Aunque, desde luego, examinado asĂ, mirado desde ese ángulo, el asunto quizá no fuera nada… bueno, sĂ; pero, si se lo miraba por el otro lado, no parecĂa ser asĂ, sino que parecĂa muy distinto. El hecho era que ahora, despuĂ©s de haber escrito, admirado y sellado sus dos cartas, nuestro hĂ©roe seguĂa vacilante. «Ahora bien, Âżpara quĂ© he escrito estas cartas? –dijo para sus adentros, tomando su sombrero y saliendo por segunda vez del piso–. ÂżPara quĂ© en verdad he escrito esto? Bueno, por supuesto que… pero Âżno será temprano? ÂżNo será mejor esperar?… AsĂ, sin más… Callarme prudentemente hasta que se presente la ocasiĂłn; fingir que no deseo desafiar, que no quiero buscarme disgustos por mi cuenta; hacer oĂdos sordos por el momento… ¡Eso es! Porque, de otro modo, serĂa un paso decisivo, un paso atrevido, un paso incluso demasiado decisivo si empezara por decirlo todo… Un paso que podrĂa acarrear… podrĂa acarrear algo muy desagradable… Hum… ¡Ay, quĂ© mal, quĂ© mal! ¡QuĂ© mala pinta tiene nuestro asunto ahora!… ¡Hum!… Ya de por sĂ está muy mal que llegue imperdonablemente tarde… ÂżQuĂ© debo hacer ahora? Entrar en la oficina me da un poco de espanto; además, ya está casi oscureciendo… ¡Ay, quĂ© mal, quĂ© mal!… Aunque serĂa interesante saber cĂłmo están las cosas allĂ, y cĂłmo está ahora Ă©l… Le dirĂ©: “¿CĂłmo está ahora usted, muy señor mĂo? –murmurĂł el señor Goliadkin cuando llegĂł y se apeaba del coche–. ÂżQuĂ© decisiĂłn ha tomado y quĂ© está haciendo ahora, quisiera saber?…” –continuĂł murmurando mientras le pagaba al cochero, y algo fuera de sĂ por la agitaciĂłn–. Pero ¡quĂ© va! No es nada al fin y al cabo –dijo al fin como conclusiĂłn–. Y, sin embargo, no hago más que seguir con eso… Está mal, en verdad está mal haber escrito esas dos cartas; y, además, las escribĂ con ese estilo; habrĂa sido mucho mejor si las hubiera escrito en un tono más amistoso y ameno… A VajramĂ©iev, por ejemplo, asĂ, sin más, como quien no quiere la cosa… que en fin, querido amigo, recuerdo los agradables momentos que pasamos juntos, y sobre todo esa velada inolvidable, etc., y ahĂ, como de pasada, reprocharle solamente… que, bueno, te envĂo, querido, dos rublos por las hojas de afeitar, gracias por habĂ©rmelo recordado, y, a propĂłsito, permĂteme decirte como amigo, querido, que esto y lo otro, que he leĂdo tu carta (aquĂ podrĂa gastar una bromita) y veo que tĂş, faldero y astuto traidor (pues eso es lo que eres), haces el papel de caballero ante una bella alemana con un leucoma en el ojo, es decir, ante un individuo de sexo femenino que ambos conocemos… Aunque no vendrĂa mal omitir eso del leucoma. El tonto realmente tiene intenciones por ese lado… pero bueno, da igual, eso está de más; mejor decirle que asĂ es, querido, despuĂ©s de explicarte esto y aquello, concluyo mi carta y quedo tu fidelĂsimo Goliadkin, etcĂ©tera… ¡Eso es! Sin embargo, de un modo u otro la cosa sigue siendo… ¡Ay, quĂ© mal, quĂ© mal! TendrĂa que haber tomado precauciones, tendrĂa que haber esperado hasta que el asunto se aclarara algo más… ¡Ah, pero bueno, da igual! Vive y te acostumbrarás; pero ahora nosotros haremos esto, investigaremos el asunto; en efecto, es incumbencia nuestra investigar el asunto; a fin de cuentas, siempre fue incumbencia nuestra investigar cualquier asunto… Hay que decidirse y desentrañarlo… –dijo el señor Goliadkin, deteniĂ©ndose vacilante delante de la escalera de la oficina–. El asunto es si debo entrar o no. Por un lado, por supuesto, puede que sea asĂ, pero, por otro lado, puede que sea más de lo mismo. ¡Ay, quĂ© mal, quĂ© mal! ¡QuĂ© mala pinta tiene nuestro asunto ahora!…» Al final, el señor Goliadkin se decidiĂł un poquito. Aunque, tras haberse decidido un poquito, el señor Goliadkin descubriĂł que quizá fuera mejor hacerlo más tarde, que quizá fuera mejor hacerlo asĂ, de alguna manera, por asĂ decirlo, más tarde; pero, ahora, debĂa actuar con atrevimiento, de algĂşn otro modo; si no, serĂa mostrar demasiado las cartas y ponerse a sĂ mismo la soga al cuello. Y nunca es del todo bueno mostrar mucho las cartas; para decirlo todo, si de lo que se trata es de decirlo todo, nunca es bueno asomar demasiado la nariz ni permitir que otros espĂen nuestras cartas. El hecho es que el señor Goliadkin en verdad presentĂa, y con mucho acierto, que se aproximaba el momento decisivo, que el asunto llegaba a su desenlace, que la intriga, la perfidia y la traiciĂłn estaban en funcionamiento, y que, por Ăşltimo, sus enemigos se le habĂan adelantado, habĂan prevalecido, y que, por Ăşltimo, el desenlace era ya inminente. «Por supuesto –pensĂł nuestro hĂ©roe–, por supuesto, puedo enterarme de todo por anticipado y en secreto, puedo enterarme de todo con antelaciĂłn, puedo averiguar, por ejemplo, incluso en el recibidor, cĂłmo está Ă©l ahora y cĂłmo se está conduciendo, sin asomar demasiado mi nariz, como diciendo: “Ahora hay que cuidar la propia nariz, porque es perjudicial para el hombre asomarla demasiado… eso es, etcĂ©tera”.»