El doble
El doble –No, señor, por ahora no he oÃdo nada. –Ahà el amanuense otra vez se llevó la mano al mentón y otra vez miró con cierta extrañeza al señor Goliadkin. Nuestro héroe intentaba ahora escudriñar el rostro de Ostáfiev, leer algo en él, descubrir si ocultaba algo. Y, en efecto, era como si algo escondiera, pues Ostáfiev se iba poniendo cada vez más grosero y áspero, y no participaba de los intereses del señor Goliadkin con la misma simpatÃa que al comienzo de la conversación. «En parte está en su derecho –pensó el señor Goliadkin–; al fin y al cabo, ¿yo qué le importo? Quizá recibió algo de la otra parte y por eso se ausentó para atender un asunto impostergable. Pues yo ahora le…» El señor Goliadkin comprendió que habÃa llegado el momento de los diez kopeks.
–Aquà tienes, amigo…
–Le estoy profundamente agradecido, su señorÃa.
–Te daré más.
–A sus órdenes, su señorÃa.
–Ahora te daré más, y, cuando todo haya acabado, te daré otro tanto. ¿Entiendes?
El amanuense callaba, se mantenÃa firme y miraba fijamente al señor Goliadkin.
–Bueno, ahora dime, ¿no has oÃdo nada sobre mÃ?…