El doble

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Se oyó un ruido… el señor Goliadkin se encogió y, de un salto, se escondió detrás de la estufa. Alguien bajó por la escalera y salió a la calle. «¿Quién será ese y adónde irá?», pensó nuestro héroe. Un momento después volvieron a oírse pasos… Ahí el señor Goliadkin no se aguantó y asomó la pequeña puntita de la nariz por detrás de su parapeto: la asomó y enseguida retrocedió en seco, como si alguien le hubiera pinchado la nariz con un alfiler. Esta vez el que pasaba era alguien conocido, es decir, el canalla, intrigante y depravado… Pasaba, según su costumbre, con su pasito menudo y vil, a pasitrote, lanzando los piececitos por delante como si se dispusiera a patear a alguien. «¡Canalla!», dijo entre dientes nuestro héroe. Por lo demás, no pudo dejar de advertir que el canalla llevaba bajo el brazo un enorme portafolio verde que pertenecía a su excelencia. «Otra vez en misión especial», pensó el señor Goliadkin, enrojeciendo y encogiéndose aún más del enojo. En cuanto el señor Goliadkin menor pasó fugaz junto al señor Goliadkin mayor, sin reparar en este, se oyeron pasos por tercera vez, y, en esta ocasión, el señor Goliadkin adivinó que eran pasos de amanuense. En efecto, una figurilla de amanuense con el pelo alisado se asomó detrás de la estufa, pero no era la de Ostáfiev, sino la de otro amanuense apodado Pisarenko. Esto sorprendió al señor Goliadkin. «¿Para qué mete a otros en el secreto? –pensó nuestro héroe–. ¡Qué bárbaros son! ¡No hay nada sagrado para ellos!»


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