El doble

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«¡Qué mal! –pensó–. ¡Ay, qué mal, qué mal! Este asuntito nuestro… ¡qué mala pinta tiene! ¿Qué significado tendrá todo esto? ¿A qué se habrán agarrado ahora? ¿Qué habrá querido decir este borrachín con sus alusiones, por ejemplo, y quién está detrás? ¡Ah! Pero ahora sé quién está detrás. Ya veo de qué se trata. Seguramente se han enterado y lo han sentado allí… Aunque, ¿por qué digo que lo han sentado? Ha sido Andréi Filíppovich quien ha sentado a ese Iván Semiónovich. Y, de veras, ¿para qué lo habrá sentado? ¿Con qué objetivo exactamente? Seguramente se han enterado… Esto es trabajo de Vajraméiev, o sea, no de Vajraméiev, que es tonto como un poste; son todos ellos los que trabajan en su nombre, y al otro canalla lo han traído aquí para lo mismo. Y ¡esa alemana tuerta debe haberse quejado! Siempre sospeché que toda esta intriga no es casual, y que en todo este comadreo de viejas seguramente se esconde algo; es lo que le dije a Krestián Ivánovich: se han jurado matar a un hombre, en el sentido moral de la expresión, y se han servido de Karolina Ivánovna. ¡No, esto evidentemente es un trabajo de maestros! Aquí se advierte la mano de un maestro, señor mío, no la de un Vajraméiev cualquiera. Ya he dicho que Vajraméiev es un tonto, y esto… ahora sé quién está trabajando para todos ellos: ¡ese canalla, ese impostor! A eso solo se agarra, lo que explica en parte sus éxitos en la alta sociedad. Y, en efecto, sería bueno saber qué trato… tiene ahora con ellos. Pero ¿por qué habrán elegido a ese Iván Semiónovich? ¿Para qué diablos necesitaban a Iván Semiónovich? Como si no hubieran podido conseguir a otro. Pero da igual a quién sienten, nada cambiará; lo único que sé es que él, Iván Semiónovich, ya hacía tiempo que me resultaba sospechoso, y hacía tiempo que lo venía advirtiendo: es un viejito tan detestable, tan mezquino… Dicen que presta dinero y cobra intereses de judío. Todo este tejemaneje es obra del oso. El oso está involucrado en todo el asunto. Así fue como empezó esto. Empezó en el puente Izmáilovski, así fue como empezó…» Ahí el señor Goliadkin hizo una mueca como si hubiera mordido un limón, seguramente al recordar algo muy desagradable. «Pero, bueno, ¡no importa! –pensó–. No hago más que pensar en mis cosas. ¿Por qué no viene Ostáfiev? Puede que esté trabajando o que algo lo haya demorado. En parte es bueno que yo también intrigue y haga trabajo de zapa. A Ostáfiev solo basta con darle diez kopeks y él… en fin… ya está de mi lado. Solo que ese es el punto: si estará justamente de mi lado; quizá ellos también, por su parte… y, poniéndose por su parte de acuerdo con él, urdan una intriga. Porque el embustero tiene pinta de bandido, ¡de bandido redomado! ¡Algo esconde el muy canalla! “No, no hay nada”, dice, y: “Le estoy profundamente agradecido, su señoría”. ¡Menudo bandido! Todo es exactamente así, y como acabo de decir, sin duda cada uno saca provecho del otro; aunque puede que no sea así… Quizá no sea en absoluto así, y que sencillamente se haga de un modo diferente y oculto. ¡Ay, qué mal, qué mal! ¡Ay, qué mal, qué mal! Pero, bueno, ¡no es nada! Puede que todo esto no sea nada. ¡Ojalá él viniera, ojalá él viniera a verme! ¿Qué es lo que hace allí? Si no, qué buena intriga saldría, una intriga que les haría daño; yo diría: “Es asunto mío, ustedes hagan las cosas así, a su manera, que aquí nosotros las hacemos a la nuestra. Así es, señor mío. Estamos urdiendo una intriga contra usted, y la llevamos adelante de un modo noble y franco…”.»


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