El doble

El doble

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En medio del grupo de jóvenes compañeros que lo rodeaban apareció de pronto y como adrede, en el instante de mayor angustia para el señor Goliadkin, el señor Goliadkin menor, alegre como siempre, con su sonrisita de siempre, revoltoso también como siempre; en una palabra: juguetón, retozón, adulón, zumbón, ligero de lengua y de pies, como siempre, como antes, igual que ayer, por ejemplo, en un momento que había sido muy desagradable para el señor Goliadkin mayor. Enseñando los dientes, dando volteretas y saltitos, con una sonrisita que decía «buenas tardes» a todos, se coló en el grupo de empleados, le tendió la mano a uno, dio una palmadita en el hombro a otro, dio un rápido abrazo a un tercero, explicó a un cuarto para qué exactamente lo había requerido su excelencia, adónde había ido, qué había hecho, qué había traído; a un quinto, que probablemente era su mejor amigo, le dio un beso en los labios… En una palabra, todo ocurría punto por punto como en el sueño del señor Goliadkin mayor. Luego de brincar hasta el hartazgo, luego de acabar con cada uno a su manera, poniendo a todos a su favor, fuera necesario o no, y deshaciéndose en cumplidos con todos y cada uno, el señor Goliadkin menor, de pronto, y seguramente por error, puesto que aún no había tenido tiempo de reparar en su viejo amigo, tendió la mano al señor Goliadkin mayor. Seguramente por error también, aunque había tenido tiempo de sobra para reparar en el innoble señor Goliadkin menor, nuestro héroe tomó en el acto y con ansia la mano que inesperadamente le tendían y la estrechó fuerte y del modo más amistoso, la estrechó movido por un extraño e inesperado impulso íntimo, por un sentimiento lacrimoso. Si nuestro héroe fue engañado por el primer gesto de su indecente enemigo o si simplemente no supo qué hacer, o si sintió y reconoció en lo profundo de su alma toda la magnitud de su indefensión, difícil es decirlo. El hecho es que el señor Goliadkin mayor, con plena lucidez y por propia voluntad, y ante testigos, estrechó solemnemente la mano de aquel a quien llamaba su mortal enemigo. Pero cuál no fue la sorpresa, la indignación y la rabia, cuál no fue el horror y la vergüenza del señor Goliadkin mayor cuando su hostil y mortal enemigo, el innoble señor Goliadkin menor, advirtiendo su error ante los ojos mismos de ese hombre inocente y pérfidamente engañado al que acosaba, sin ningún pudor, sin sentimiento, sin compasión ni conciencia, con un descaro y una grosería intolerables, arrancó de golpe su mano de la del señor Goliadkin mayor; peor aún, la sacudió como si se la hubiera ensuciado con algo abominable; peor aún, escupió hacia un lado, acompañando todo ello con el gesto más agraviante; peor aún, sacó su pañuelo y ahí mismo, del modo más escandaloso, se limpió uno tras otro los dedos que acababan de descansar por un instante en la mano del señor Goliadkin mayor. Mientras obraba de tal modo, el señor Goliadkin menor, siguiendo su vil costumbre, miraba adrede a un lado y a otro, procurando que todos vieran lo que hacía; miraba a todos a los ojos, intentando a todas luces inculcar en ellos el ánimo más desfavorable para el señor Goliadkin. Por lo visto, la conducta del repugnante señor Goliadkin menor despertó la indignación de todos los empleados que los rodeaban; incluso la frívola juventud mostró su descontento. Alrededor se alzaron murmullos y comentarios. Este revuelo general no podía escapar a los oídos del señor Goliadkin mayor; pero, de pronto, una bromita muy oportuna se le ocurrió al señor Goliadkin menor y brotó de sus labios, destruyendo y aniquilando las últimas esperanzas de nuestro héroe e inclinando la balanza otra vez en favor de su mortal y despreciable enemigo.


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