El doble

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–Yo, Antón Antónovich, no lo eché de mi casa –dijo nuestro héroe comenzando a temblar–. Y a Petrushka, o sea, a mi criado, no lo induje a nada semejante… Él comió de mi pan, Antón Antónovich, gozó de mi hospitalidad –añadió con expresividad y honda emoción nuestro héroe, de modo tal que su barbilla se sacudió y las lágrimas otra vez estuvieron a punto de saltarle.

–Eso de que él comió de su pan lo dice por decir, Iákov Petróvich –respondió enseñando los dientes Antón Antónovich, y en su voz sonó una nota de picardía que hirió el corazón del señor Goliadkin–. Eso, Iákov Petróvich, lo dice porque sí, para decir algo.

–Por supuesto, Antón Antónovich… Tiene razón, Antón Antónovich –dijo ofendido nuestro héroe–. Ahora las virtudes están en decadencia y la hospitalidad no cuenta.

–Ahí es precisamente donde se equivoca, Iákov Petróvich. Eso ya se llama librepensamiento, muy señor mío.

–En modo alguno es librepensamiento, Antón Antónovich. Yo huyo del librepensamiento, Antón Antónovich. Se trata de Petrushka, Antón Antónovich, siempre está borracho y no se puede contar con él para nada.

–Petrushka no tiene nada que ver en esto, señor. El asunto no pasa por Petrushka.


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