El doble
El doble Al señor Goliadkin se le cortaba la respiración; parecía volar en persecución de su enemigo, que se alejaba a paso rápido. Sentía la presencia de una terrible energía interior. Sin embargo, a pesar de la presencia de esa terrible energía interior, el señor Goliadkin podía estar seguro de que en ese momento hasta un simple mosquito, siempre que pudiera vivir en tal época del año en Petersburgo, lo habría derribado muy fácilmente con una de sus alas. Sentía también una extrema debilidad y agotamiento, y que lo que lo impulsaba hacia delante era una fuerza del todo singular y extraña, que no era él quien caminaba, que más bien sus piernas le flaqueaban y se negaban a obedecerlo. Pero todo esto no era aún absolutamente nada y, pese a todo, sin duda podría ser para mejor. «Para mejor o no –pensaba el señor Goliadkin, casi ahogándose por la carrera–, el asunto, de todas formas, está perdido, de eso ahora no cabe la menor duda; que estoy definitivamente perdido ya es cosa sabida, cierta, resuelta y firmada.» Aun así, nuestro héroe pareció resucitar de entre los muertos, pareció haber ganado una batalla, pareció haberse alzado con la victoria cuando logró agarrar del capote a su enemigo en el momento en que este ponía un pie en el estribo de un drozhki y había dado ya la orden al cochero. Sin embargo, pese a la batalla ganada, nuestro héroe se turbó tanto en ese instante que, tras agarrar del capote a su acérrimo enemigo, se quedó con la boca abierta, sin decir palabra, inmóvil y apenas conteniendo el aliento.