El doble
El doble –¡Muy señor mÃo! ¡Muy señor mÃo! –gritó al innoble señor Goliadkin menor una vez que lo atrapó–. Muy señor mÃo, espero que usted…
–No, usted, por favor, no espere nada –respondió evasivamente el insensible enemigo del señor Goliadkin, apoyando un pie en el estribo y agitando el otro vanamente en el aire, pugnando por meterlo en el coche sin perder el equilibrio, a la vez que trataba con todas sus fuerzas de desprender su capote de manos del señor Goliadkin mayor, quien, por su parte, se habÃa sujetado a él con toda la fuerza de que la naturaleza lo habÃa dotado.
–¡Iákov Petróvich! Solo diez minutos…
–Disculpe, no tengo tiempo, señor.
–Convenga, Iákov Petróvich… por favor, Iákov Petróvich… por Dios, Iákov Petróvich… De algún modo u otro tenemos que explicarnos… valientemente… ¡Un segundito, Iákov Petróvich!…
–Querido, no tengo tiempo –respondió con descortés familiaridad, pero aparentando bondad de alma, el falsamente noble enemigo del señor Goliadkin–, en otro momento, créame, con toda mi alma y de todo corazón; pero, ahora, en verdad no puedo.
«¡Canalla! –pensó nuestro héroe–. Y ¡todavÃa dices de todo corazón, villano!…»