El doble

El doble

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De pronto, el señor Goliadkin se estremeció. La barba pelirroja y empapada de su cochero volvió a asomarse detrás de la leña…

–Ya voy, amigo; yo, amigo, ¿sabes?, enseguida voy; yo, amigo, enseguida –respondió el señor Goliadkin con voz débil y trémula.

El cochero se rascó la nuca, luego se alisó la barba, luego dio un paso adelante… Se detuvo y miró con recelo al señor Goliadkin.

–Ya voy, amigo; ya ves… amigo… todavía un poquito, ya ves, amigo, un segundito más… ya ves, amigo…

–¿No piensa ir a ninguna parte? –dijo al fin el cochero, acercándose al señor Goliadkin con aire firme y resuelto…

–No, amigo, ya voy. Yo, ya ves, amigo, estoy esperando…

–Sí…

–Yo, ya ves, amigo… ¿De qué aldea eres, amigo?

–Soy siervo…

–¿De buenos amos?…

–Puede ser…

–Sí, amigo; tú espera aquí, amigo. Ya ves, amigo, ¿hace mucho que estás en Petersburgo?

–Pues ya hace un año…

–Y ¿te va bien, amigo?

–Puede ser.


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