El doble
El doble El cochero se alejó murmurando. «¿Por qué murmura? –pensó entre lágrimas el señor Goliadkin–. Si lo he contratado por toda la noche, si yo… estoy en mi derecho ahora… ¡Eso es! Lo he contratado por toda la noche y asunto cerrado; así que, querido, es asunto cerrado. Aunque pases la noche ahí parado, es lo mismo. Hago lo que quiero. Si quiero, viajo y, si no quiero, no viajo. ¡Así es, querido! Y que esté aquí parado detrás de la leña no significa nada… y no te atrevas a abrir la boca; si el señor quiere estar detrás de la leña, pues que esté detrás de la leña… No mancilla el honor de nadie… ¡Eso es! Así es, señora mía, si eso es lo que quiere saber. Y en una cabaña, señora mía, es decir, bueno, en nuestros tiempos nadie vive. ¡Eso es! Y sin buenas costumbres en nuestros tiempos industriales, señora mía, no se llega a ninguna parte, de lo que usted misma sirve ahora de nefasto ejemplo… Dirá usted que un jefe de despacho puede trabajar y vivir en una cabaña a orillas del mar. En primer lugar, señora mía, a orillas del mar no hay jefes de despacho, y, en segundo lugar, el puesto de jefe de despacho no es algo que usted y yo podamos alcanzar. Porque, supongamos, por ejemplo, que presento una solicitud, que aparezco y digo algunas cosas, que quiero trabajar como jefe de despacho, que en fin… protéjame del enemigo… entonces le dirán, señora, que en fin… jefes de despacho hay muchos, y que no está usted en casa de la emigrante Falbalá, donde aprendió buenas costumbres, de lo que usted misma sirve de nefasto ejemplo. Buena costumbre, señora, es quedarse en casa, respetar al padre y no pensar en novios antes de tiempo. Los novios, señora, ya aparecerán en su momento… ¡Eso es! Por supuesto, nadie discute que se necesitan diversos talentos, por ejemplo, tocar un poco el piano en ciertas ocasiones, hablar francés, saber algo de historia, de geografía, de religión y de aritmética… ¡Eso es!… Pero no hace falta más. Y también la cocina. ¡Sin duda la cocina debe formar parte del ámbito de conocimientos de toda doncella morigerada! En cambio, ¿qué tenemos aquí? En primer lugar, hermosa mía, muy señora mía, no la dejarán fugarse; la perseguirán, la atraparán y la mandarán al monasterio. Entonces, ¿qué, señora mía? Entonces, ¿qué me ordenará hacer? ¿Me ordenará, señora mía, siguiendo el ejemplo de algunas novelas tontas, hacerme al monte más cercano y derretirme en lágrimas contemplando los frígidos muros de su prisión para finalmente morir, según la costumbre de algunos horribles poetas y novelistas alemanes, señora? Pero, en primer lugar, permítame decirle como amigo que las cosas no se hacen así, y, en segundo lugar, que le daría unos buenos azotes a usted por leer libritos franceses y, a sus padres, por habérselo permitido; porque los libritos franceses no enseñan nada bueno. ¡Son veneno… un veneno putrefacto, señora mía! O ¿usted cree, permítame que le pregunte, o usted cree que, por así decirlo, huiremos así como así, impunemente, y que… hay una cabaña esperándola a orillas del mar Caspio, y que por mi parte yo seré jefe de despacho? Y ¿que nos pondremos a arrullarnos y a hablar sobre diversos sentimientos, y que así pasaremos toda la vida, felices y contentos? Y ¿que luego, cuando aparezca el polluelo, nosotros, en fin… diremos tal y cual, padre nuestro y consejero de Estado, Olsufi Ivánovich, se nos ha aparecido un polluelo, así que aproveche tan favorable ocasión para quitar la maldición que pesa sobre nosotros y bendiga nuestro matrimonio? No, señora, otra vez se lo digo, las cosas no se hacen así, y sepa ante todo que no habrá arrullos de ningún tipo, no se haga ilusiones. Hoy el marido, señora mía, es amo y señor, y una esposa buena y bien educada debe darle todos los gustos. Hoy, en nuestros tiempos industriales, las ternezas no son bienvenidas, señora; ya pasaron los tiempos de Jean-Jacques Rousseau. Hoy, por ejemplo, el marido llega con hambre del trabajo y dice: “Encanto, ¿hay algo para picar, vodkita para beber, algún arenquito para comer?”. Y usted, señora, tendrá que tener el vodkita y el arenquito preparados al instante. El marido comerá con apetito, a usted ni siquiera la mirará y le dirá: “Ve a la cocina, gatita, y vigila la comida”, y, a lo sumo, le dará un besito una vez por semana, y encima con indiferencia… ¡Esto es lo que hacemos hoy, señora mía! ¡Encima con indiferencia!… Así es como será si se lo piensa bien, si llegados a este punto miramos la cuestión desde ese ángulo… Y ¿yo qué tengo que ver? ¿Por qué me ha metido en sus caprichos, señora? “Noble hombre que sufre por mí y siempre caro a mi corazón, etc.” Pero, en primer lugar, yo, señora mía, no le convengo, usted misma lo sabe; no soy un maestro en cumplidos, no me gusta decir bagatelas perfumadas a las damas, los falderos no son de mi gusto, y mi aspecto, debo reconocerlo, no es el mejor. No encontrará en mí falsa jactancia y pudor, se lo confieso ahora con toda sinceridad. Pues así es; solo dispongo de un carácter recto y abierto, y sentido común; no me ando con intrigas. No soy un intrigante y me enorgullezco de no serlo… ¡Eso es!… Voy sin máscara entre la buena gente, y para decírselo todo…