El doble
El doble Una vez que tomó la decisión de volver, nuestro héroe, en efecto, regresó, más aún por cuanto, de acuerdo con su feliz idea, era ahora una persona completamente ajena. «Asà será mejor: no respondes por nada y verás lo que tengas que ver… ¡Eso es!» Es decir, el cálculo era bien exacto y asunto cerrado. Asà pues, como el asunto estaba totalmente cerrado y ya no habÃa de quién quejarse, y como todos debÃan ser completamente felices y estar contentos, nuestro héroe, a su vez, acabó por tranquilizarse. Más calmado, volvió a deslizarse bajo el pacÃfico amparo de su tranquilizante y protector montón de leña y se puso a mirar atentamente las ventanas. Esta vez no tuvo que mirar y esperar mucho tiempo. De pronto, en todas las ventanas a la vez, se dejó ver una agitación extraña, desfilaron figuras, se corrieron cortinas, grupos enteros de personas se apiñaron en las ventanas del piso de Olsufi Ivánovich, todos buscaban con la mirada algo en el patio. Parapetado detrás de su salvador montón de leña, nuestro héroe, a su vez, también se puso a seguir con curiosidad esa agitación general y a estirar con interés su cabeza a un lado y otro, al menos cuanto se lo permitÃa la escasa sombra del montón de leña que lo ocultaba. De pronto se quedó pasmado, se estremeció y, del horror, estuvo a punto de desplomarse. Conque asà eran las cosas… Conque asà sucedÃa todo ahora… Lo que buscaban no era algo o a alguien, sino que lo buscaban sencillamente a él, al señor Goliadkin. Y, en efecto, era asÃ, no cabÃa duda alguna. Al parecer, asà eran las cosas, al parecer era tal cual, estaban buscando al señor Goliadkin. Todos miraban y lo señalaban. Huir era imposible: lo verÃan… Pasmado, el señor Goliadkin se apretó lo más posible contra la leña, y solo entonces reparó en que la pérfida sombra lo habÃa traicionado, que no lo cubrÃa por completo. Nuestro héroe en ese momento habrÃa aceptado con el mayor placer escabullirse en alguna ratonera abierta en medio de la leña y quedarse allà tranquilito, si ello fuera posible. Pero era absolutamente imposible. En su agonÃa, decidió al fin mirar resuelta y directamente todas las ventanas a la vez; serÃa lo mejor… Fue entonces cuando se consumió de vergüenza. Todos lo habÃan visto, todos al mismo tiempo, todos le hacÃan señas con las manos, todos movÃan la cabeza, todos lo llamaban; crujieron y se abrieron varios postigos; algunas voces empezaron a gritarle algo al mismo tiempo… «Me sorprende cómo no azotan a esas muchachas desde la infancia», murmuró para sus adentros nuestro héroe, totalmente desconcertado. De pronto, del porche salió corriendo él (ya se sabe quién), solo con el uniforme puesto, sin sombrero, sofocado, con aire ajetreado, haciendo gracias, dando pasitos y brincando, expresando pérfidamente la más terrible alegrÃa de ver por fin al señor Goliadkin.