El doble
El doble –Bueno, aquà tienes, querido, aquà tienes –el señor Goliadkin le dio seis rublos al cochero y, decidido a no perder más tiempo y concluyendo que todo habÃa sucedido exactamente como habÃa sucedido y que lo mejor era dejar las cosas asÃ, es decir, irse sano y salvo, más aún por cuanto el asunto estaba definitivamente resuelto y el cochero habÃa sido despachado, por lo que no tenÃa ya nada que esperar, abandonó el patio, salió a la calle, giró a la izquierda y, sin mirar atrás, jadeante y alegre, echó a correr. «Quizá todo se arregle –pensó–, y de este modo haya evitado una desgracia.» En efecto, de pronto, el alma del señor Goliadkin experimentó un alivio inusual. «¡Ah, si todo se arreglara! –pensó nuestro héroe, aunque apenas dando crédito a sus palabras–. Entonces yo, bueno… –pensó–. No, yo mejor lo encaro asÃ, por el otro lado… ¿O mejor hacerlo asÃ?…» De esta guisa, vacilando y buscando la clave para resolver sus dudas, llegó al puente Semiónovski y, una vez allÃ, decidió juiciosa y definitivamente darse la vuelta. «Será mejor –pensó–. Será mejor que lo encare por el otro lado, es decir, de esta manera. Haré asÃ: seré un observador ajeno y asunto cerrado; diré que soy un observador, una persona ajena… y listo, y pase lo que pase no seré yo el culpable. ¡Eso es! Asà es como será ahora.»