El doble

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Se volvió y vio ante sí a dos de sus compañeros de oficina, los mismos que se había encontrado por la mañana en la calle Litéinaia, unos muchachos aún muy jóvenes por edad y por rango. La relación que nuestro héroe tenía con ellos era ni fu ni fa, ni de amistad ni de abierta hostilidad. Desde luego, ambas partes observaban el decoro, pero sus vínculos no iban más allá, ni podían hacerlo. El presente encuentro fue muy desagradable para el señor Goliadkin. Frunció un poco el ceño y, por un instante, quedó turbado.

–¡Iákov Petróvich, Iákov Petróvich! –gorjearon los dos registradores colegiados–. ¿Usted aquí? ¿Qué lo ha…?

–¡Ah! Pero ¡si son ustedes, señores! –se apresuró a interrumpirlos el señor Goliadkin, algo azorado y escandalizado por la sorpresa que delataban los empleados y, a la vez, por su familiaridad en el trato, pero, sin embargo, adoptando a la fuerza un aire desenvuelto y jovial–. ¡Han desertado, señores, je, je, je!… –Entonces, para no comprometerse y con un tono condescendiente con la juventud de la oficina, de la que siempre se había mantenido a la distancia debida, quiso incluso dar una palmada en el hombro a uno de los muchachos, pero esta vez el compañerismo no le salió nada bien al señor Goliadkin; en lugar de un gesto familiar y decoroso, resultó algo completamente diferente–. Y bien, ¿nuestro oso está en la oficina?…


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