El doble
El doble Resulta que se encontraba ahora en una situación muy extraña, por decir lo menos. Él, señores, también estaba allí, es decir, no en el baile, pero casi en el baile. Él, señores, no tenía problema alguno y, aunque era un hombre hecho y derecho, en ese momento no lucía muy bien que digamos; estaba ahora –resulta hasta extraño decirlo–, estaba ahora en el zaguán, en la escalera de servicio de Olsufi Ivánovich. Pero que allí estuviera no tenía nada de malo; estaba allí tranquilito. Él, señores, estaba en un rincón, agazapado en un sitio que, si no más cálido, era cuando menos más oscuro, oculto en parte por un enorme armario y por unos viejos biombos, entre toda suerte de trastos, cachivaches y cacharros, escondido hasta que llegara la hora, y, entretanto, limitándose a seguir el curso de los acontecimientos en calidad de espectador ajeno. Él, señores, ahora se limitaba a observar. Él, señores, también podía entrar… ¿y por qué no hacerlo? Solo bastaba dar un paso y entrar, y entraría a sus anchas. Solo entonces –después de más de dos horas de pie en el frío, entre el armario y los biombos, entre toda suerte de trastos, cachivaches y cacharros– citó, para justificarse, una frase del llorado ministro francés Villèle, a saber: «Todo llega a su tiempo si se sabe esperar». Esta frase el señor Goliadkin la había sacado una vez de un libro, de un libro que, por lo demás, trataba de un tema por completo diferente, pero que ahora acudió muy al caso a su memoria. Primero, la frase se adecuaba muy bien a su situación actual, y, segundo, ¿qué no pasa por la cabeza de una persona que espera el feliz desenlace de sus asuntos casi tres horas enteras en un zaguán, en la oscuridad y en el frío? Después de citar, como ya ha sido dicho, la muy oportuna frase del exministro francés Villèle, el señor Goliadkin, sin saber, sin embargo, por qué, recordó enseguida al antiguo visir turco Martsimiris, así como a la bella margravina Luisa, cuyas historias había leído también una vez en un libro.17 Luego acudió a su memoria que los jesuitas se habían impuesto incluso como regla emplear todos los medios con tal de lograr el objetivo. Recobrando un poco el ánimo por ese dato histórico, el señor Goliadkin se preguntó qué eran los jesuitas. Los jesuitas eran todos, del primero al último, unos grandísimos tontos a los que él dejaría pequeños solo con que el buffet (la habitación cuya puerta daba directo al zaguán, a la escalera de servicio en la que ahora se hallaba el señor Goliadkin) quedara libre por un instante; entonces él, a pesar de todos los jesuitas, entraría y pasaría directamente, primero del buffet a la sala de té, luego a la sala donde jugaban a las cartas, y de allí directo al salón donde ahora bailaban una polca. Y pasaría, sin falta pasaría, pese a todo pasaría, se colaría, nada más, y nadie lo notaría. Y una vez allí ya sabía qué debía hacer. Ahí tienen, señores, la situación en la que encontramos ahora al héroe de nuestro del todo verosímil relato, aunque, por cierto, es difícil explicar qué era precisamente lo que pasaba con él en dicho momento. Ocurre que hasta el zaguán y la escalera había sabido llegar por la sencilla razón de que por qué no habría de haberlo hecho cuando todos lo hacen; pero no se atrevía a entrar más allá; estaba claro que no se atrevía a hacerlo… No porque hubiera algo a lo que no se atreviera, sino porque sí, porque él mismo no quería, porque prefería pasar con disimulo. Y es por eso, señores, por lo que ahora estaba allí esperando calladito, y que llevaba esperando dos horas y media exactas. Y ¿por qué no esperar? Si hasta el propio Villèle esperaba. «Pero ¡qué Villèle ni Villèle! –pensó el señor Goliadkin–. ¿Qué tiene que ver Villèle? Y ¿qué tal si ahora mismo… me meto así, sin más, voy y me meto?… ¡Ay, no eres más que un figurante! –dijo el señor Goliadkin, pellizcándose la mejilla entumecida con la mano entumecida–. ¡Eres un badulaque, un Goliadka18 cualquiera, tu apellido ya lo dice!…» Por lo demás, esos halagos dirigidos en tal momento a su propia persona acudían a su cabeza porque sí, de paso, sin ningún propósito aparente. Estaba a punto de entrar y dio un paso adelante. Había llegado la ocasión; el buffet quedó desierto, no había nadie en él; el señor Goliadkin vio todo eso por una ventanita; dio dos pasos más, se encontró delante de la puerta y la empezó a abrir. «¿Voy o no voy? Vamos, ¿voy o no voy? Iré… ¿Por qué no he de ir? ¡El mundo es de los valientes!» Infundiéndose ánimo de esa manera, nuestro héroe, de pronto, de modo completamente inusitado, se ocultó tras los biombos. «No –pensó–. Y ¿si llega a entrar alguien? ¿Si entra alguien? Ahí está, acaban de entrar. ¿Por qué me he dormido cuando no había nadie? ¡Tenía que ir y meterme!… ¡Ir y meterme! ¡No, qué te vas a meter con el carácter que tienes! ¡Qué temperamento más ruin! Te has acobardado como una gallina. ¡Lo tuyo es acobardarte! ¡Eso es! ¡Arruinarlo siempre todo! De eso no caben dudas. ¡Aquí estoy ahora, plantado como un zopenco, ni más ni menos! Ahora podría estar en casa tomando un tecito… En verdad, tomando un tecito. Qué agradable sería tomarme un tecito. Si llego tarde, Petrushka quizá rezongue. Y ¿si me voy a casa? ¡Que se vaya al diablo todo esto! ¡Me voy y listo!» Resolviendo así su situación, el señor Goliadkin se lanzó con rapidez hacia delante, como si alguien hubiera activado un resorte en él. Dio dos pasos y se encontró en el buffet, arrojó el capote, se quitó el sombrero, lo dejó todo en un rinconcito, se arregló el uniforme y se alisó el cabello; después… después entró en el buffet, de allí se precipitó a otra sala, se coló casi inadvertidamente entre los exaltados jugadores; después… después… en ese punto el señor Goliadkin perdió registro de todo lo que sucedía a su alrededor, y de repente, como caído del cielo, apareció en la sala de baile.