El doble

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CAPÍTULO IV CÓMO FUERON EXACTAMENTE LA COMIDA Y EL BAILE QUE OFRECIÓ EL CONSEJERO DE ESTADO BERENDÉIEV. ALGO SOBRE LA UTILIDAD DE LAS ESCALERAS DE SERVICIO. DE CÓMO EL SEÑOR GOLIADKIN DEMUESTRA QUE CONOCE AL EXMINISTRO FRANCÉS VILLÈLE. OPINIÓN DEL SEÑOR GOLIADKIN SOBRE LOS JESUITAS. DE CÓMO EL SEÑOR GOLIADKIN, ASISTIDO POR LOS JESUITAS, ALCANZA FINALMENTE SU OBJETIVO; CÓMO DESPUÉS BUSCA SU JUSTO ESTATUS SOCIAL E INTENTA GANARSE LA BENEVOLENCIA DEL ANFITRIÓN. CÓMO, EN ESA OCASIÓN TAN PROPICIA, RECUERDA LAS CABEZAS CALVAS Y A LOS EMIRES ÁRABES. POLCA Y DESENLACE DE ESTE CAPÍTULO COMPLETAMENTE VEROSÍMIL

El cumpleaños, el solemne cumpleaños de Klara Olsúfievna, hija única del consejero de Estado Berendéiev, antiguo benefactor del señor Goliadkin, se celebró con una magnífica y espléndida comida de gala, una comida tal como hacía mucho que no se veía en los pisos de los funcionarios que pueblan los alrededores del puente Izmáilovski, una comida que semejaba más el festín de Baltasar que una comida, que trasuntaba algo babilónico en cuanto a brillo, lujo y decoro, con champaña Veuve Clicquot, ostras y frutos de las tiendas Eliséiev y Miliutin, jugosas terneras y toda la jerarquía de rangos; ese solemne día, celebrado con tan solemne comida, se cerró con un magnífico baile, un baile de familia pequeño e íntimo, pero magnífico en gusto, refinamiento y decoro. Por supuesto, reconozco que suele haber tales bailes, pero rara vez, muy rara vez. Bailes semejantes, más parecidos a festejos familiares que a bailes, solo pueden celebrarse en casas tales como, por ejemplo, la del consejero de Estado Berendéiev. Diré más: dudo de que en todas las casas de los consejeros de Estado puedan ofrecerse bailes semejantes. ¡Oh, si yo fuera poeta! Por lo menos uno como Homero o Pushkin, desde luego; con menos talento es imposible meterse en estos asuntos. Si yo fuera poeta sin falta les pintaría con vivos colores y generoso pincel, ¡oh, lectores!, todo ese día de sublime solemnidad. No, comenzaría mi poema por la comida, pondría especial énfasis en ese instante asombroso y a la vez solemne en que se levantaron las copas para el primer brindis en honor a la zarina de la fiesta. Les describiría, primero, a esos invitados sumidos en un silencio devoto y expectante, más parecido a la elocuencia de Demóstenes que al silencio. Les describiría luego a Andréi Filíppovich como al mayor de los invitados, con cierto derecho a la primacía, adornado con canas y condecoraciones apropiadas a sus canas, de pie en su sitio y levantando por encima de la cabeza su copa de vino espumoso, vino traído especialmente de un reino lejano para ser saboreado en ocasiones como estas, vino más parecido a néctar de los dioses que a vino. Les describiría a los invitados y a los felices padres de la zarina de la fiesta levantando también sus copas con Andréi Filíppovich y fijando en este ojos rebosantes de expectación.15 Les describiría cómo este Andréi Filíppovich, tan repetidamente mencionado aquí, dejó caer primero una lágrima en la copa, pronunció un discurso de felicitaciones y buenos deseos, anunció un brindis y bebió a la salud… Pero confieso, confieso sin rodeos, que no podría describir toda la solemnidad del momento en que la propia zarina de la fiesta, Klara Olsúfievna, enrojeciendo como una rosa de primavera, con un rubor de beatitud y pudor, se dejó caer, sobrepasada por los sentimientos, en los brazos de su tierna madre; cómo su tierna madre se echó a llorar, y cómo entonces prorrumpió en sollozos el propio padre, el venerable anciano y consejero de Estado Olsufi Ivánovich, privado del uso de las piernas tras un prolongado servicio y premiado por el destino, en reconocimiento a su celo, con un capitalito, una casita, unos campitos y una bella hija; prorrumpió en sollozos como un niño y dijo entre lágrimas que su excelencia Andréi Filíppovich era un bienhechor. No podría, no, nunca podría, describirles el arrebato general que, como corresponde, siguió a ese momento, arrebato claramente expresado incluso en la conducta de un joven registrador colegiado (que en ese instante se asemejaba más a un consejero de Estado que a un registrador), el cual también derramó lágrimas al oír las palabras de Andréi Filíppovich. Por su parte, Andréi Filíppovich en esa hora solemne no parecía en absoluto un consejero colegiado y jefe de división de un departamento; no, parecía otra cosa diferente… no sé exactamente qué, pero no un consejero colegiado. ¡No! ¡Estaba por encima de eso! Por último… ¡Oh! ¿Por qué no conozco el secreto del estilo sublime, majestuoso, del estilo solemne capaz de describir todos esos momentos hermosos y edificantes de la vida humana que parecen especialmente arreglados para probar que a veces la virtud triunfa sobre la mala intención, el librepensamiento, el vicio y la envidia? No diré nada, pero, en silencio –lo que será mejor que cualquier elocuencia–, les señalaré a ese dichoso joven que entraba en su vigesimosexta primavera, Vladímir Semiónovich, el sobrino de Andréi Filíppovich, quien se levantó a su vez del asiento, quien pronunció a su vez un brindis y en quien se concentraron los ojos lagrimosos de los padres de la zarina de la fiesta, los ojos orgullosos de Andréi Filíppovich, los ojos pudorosos de la propia zarina de la fiesta, los ojos exaltados de los invitados e incluso los ojos sanamente envidiosos de algunos jóvenes compañeros de ese brillante muchacho. No diré nada, aunque no puedo dejar de advertir que todo en ese joven –más parecido a un anciano que a un joven, dicho sea en beneficio suyo–, todo, desde sus lozanos carrillos hasta el rango de asesor que lo distinguía, todo en ese momento solemne parecía decir: «¡Hasta dónde puede elevar la buena conducta a un hombre!». No describiré cómo, por último, Antón Antónovich Sétochkin, jefe de despacho de cierto departamento, compañero de Andréi Filíppovich y, antaño, de Olsufi Ivánovich, y además viejo amigo de la casa y padrino de Klara Olsúfievna, un viejito de canas blancas como la nieve, propuso a su vez un brindis, cantó como un gallo y entonó alegres versos; cómo, con ese decoroso olvido del decoro, si es posible expresarse así, hizo reír hasta las lágrimas a todos los presentes, y cómo la propia Klara Olsúfievna, por indicación de sus padres, le dio un beso por tanta alegría y amabilidad. Solo diré que, por último, los invitados, que luego de semejante comida debían naturalmente sentirse parientes y hermanos, se levantaron al fin de la mesa; cómo, después, los ancianos y los hombres de fuste, tras un breve rato dedicado a la conversación amistosa e incluso a intercambiar, desde luego, cumplidos muy francos y decorosos, pasaron ceremoniosamente a otra sala y, sin perder un tiempo precioso, se dividieron en grupos y, con el sentimiento de la propia dignidad, se sentaron a unas mesas forradas de paño verde; cómo las señoras, tras acomodarse en el salón, se volvieron de pronto todas extraordinariamente amables y empezaron a hablar de diferentes temas; cómo, por último, el muy respetado anfitrión, privado del uso de las piernas al servicio de la fe y la verdad, y recompensado con todo lo que ya ha sido mencionado anteriormente, empezó a pasearse en muletas entre sus invitados, sostenido por Vladímir Semiónovich y Klara Olsúfievna, y cómo, volviéndose de pronto también extraordinariamente amable, decidió improvisar un pequeño y humilde baile, sin reparar en los gastos; cómo, para ello, envió a un joven desenvuelto (aquel mismo que durante la comida semejaba más un consejero de Estado que un joven) en busca de músicos; cómo, luego, llegaron los músicos, en cantidad de once, y cómo, por último, a las ocho y media en punto, resonaron las notas que llamaban a la cuadrilla francesa y demás danzas… Huelga decir que mi pluma es débil, marchita y obtusa para describir con propiedad el baile que, con inusitada amabilidad, improvisó el canoso anfitrión. Y ¿cómo, pregunto, cómo puedo yo, el modesto narrador de las muy curiosas, por cierto, aventuras del señor Goliadkin, cómo puedo yo describir esa mezcla excepcional y decente de belleza, brillo, decoro, jovialidad, amable seriedad y seria amabilidad, vivacidad, alegría, todos esos juegos y risas de todas esas señoras de funcionarios más parecidas a hadas que a señoras –dicho sea en beneficio suyo–, con sus caritas y hombros rosados y níveos, sus cinturas etéreas, sus piececitos vivaces y juguetones, homeopáticos, para decirlo en estilo elevado?16 ¿Cómo describiré yo, por último, a esos brillantes caballeros con cargos públicos, a los divertidos y a los serios, a los joviales y a los moderados, a los alegres y a los decorosamente pensativos, a los que entre danza y danza fumaban pipa en una pequeña salita verde y apartada y a los que entre danza y danza no fumaban pipa; caballeros que ostentaban, del primero al último, un rango y un apellido respetable; caballeros profundamente imbuidos del sentimiento de lo fino y del sentimiento de la propia dignidad; caballeros que en su mayoría hablan en francés con las damas, y si hablan ruso solo se valen de expresiones del más elevado tono, cumplidos y frases profundas; caballeros que acaso solo en el salón de fumar se permiten algunas amables desviaciones del lenguaje de elevado tono, algunas frases de amistosa y afable intimidad, del tipo: «¡Que bribón eres, Pietka! ¡Vaya polca que te has echado!», o: «¡Que bribón eres, Vasia! ¡Has zamarreado de lo lindo a tu damita!»? Para todo eso, como ya he tenido el honor de explicarles, ¡oh lectores!, mi pluma es insuficiente, y por eso guardo silencio. Mejor volvamos al señor Goliadkin, el único y verdadero héroe de nuestro muy verosímil relato.


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