El doble
El doble Como si fuera adrede, en ese momento nadie bailaba. Las damas paseaban por la sala en pintorescos grupos. Los hombres formaban corrillos o iban y venían por la sala invitando a bailar a las damas. El señor Goliadkin no advirtió nada de todo esto. Solo vio a Klara Olsúfievna, junto a esta a Andréi Filíppovich, luego a Vladímir Semiónovich y a dos o tres oficiales más, y aún a dos o tres jóvenes también muy interesantes que, según podía juzgarse a simple vista, prometían o ya habían cumplido ciertas esperanzas… Vio también a alguien más. O no; ya no veía a nadie, ya no miraba a nadie… Y, movido por ese mismo resorte que lo había hecho entrar bruscamente en el baile sin haber sido invitado, siguió adelante, después más adelante, y luego más; tropezó al pasar con cierto consejero y le dio un pisotón; muy oportunamente pisó el vestido de una venerable anciana y se lo rasgó ligeramente; empujó a un hombre con una bandeja, empujó a otro más y, sin reparar en nada, o mejor dicho, reparando pero sin más, de refilón, sin mirar a nadie, siguió más y más adelante, hasta que de pronto se encontró ante la mismísima Klara Olsúfievna. Sin duda, en ese momento hubiera deseado, con el mayor placer y sin inmutarse, que se lo tragara la tierra; pero lo hecho, hecho está, y no se puede volver atrás… vaya que no se puede. ¿Qué debía hacer? «Si no resulta, vuélvete más fuerte, y, si resulta, mantente firme.» El señor Goliadkin, claro está, no era un intrigante ni un maestro en lustrar el parquet con las botas… Y así fue. Además, los jesuitas de algún modo se mezclaron en el asunto… Pero, por lo demás, ¡el señor Goliadkin no tenía tiempo para ocuparse de ellos! Todo lo que caminaba, hacía ruido, hablaba, reía, de pronto, como por encanto, calló, y poco a poco se fue apiñando alrededor del señor Goliadkin. El señor Goliadkin, por lo demás, parecía no oír ni ver nada; no podía mirar… por nada del mundo podía mirar; bajó los ojos al suelo y así se quedó, dándose, por cierto, de paso, palabra de honor de que de un modo u otro se pegaría un tiro esa misma noche. Tras darse esa palabra de honor, el señor Goliadkin se dijo mentalmente: «¡Que sea lo que Dios quiera!», y, para gran asombro suyo, rompió de súbito a hablar.